Y como cierta tarde bajase Francisco al convento de los Ángeles desde la selva donde habia ido á rezar y le siguieran las gentes en tropel para recoger su palabra, preguntóle el hermano Maesso la causa de que sin ser ni hermoso de cuerpo, ni despierto de inteligencia, ni noble de orígen, todos se agolpáran á escucharle, á bendecirle, á obedecerle, y el Santo le respondió que lo debia á la divina misericordia, la cual, viéndolo entre los más pecadores y los más viles y más oscuros, le habia escogido para sus obras milagrosas, confundiendo con tan despreciable criatura la nobleza, la fuerza, la ciencia del mundo, y demostrando que todo viene de Dios, cuando por gracia de Dios puede así trasformarse en ángel de los cielos pobre gusanillo de los campos. Y una vez que iban Francisco y Maesso á Francia, mendigaron en ostentosa ciudad. Y Francisco, reducido ya de estatura, demacrado de rostro á causa de sus maceraciones, apénas recogió ninguna limosna, en tanto que Maesso, en la flor de los años y lleno de gracia, llevó consigo, no ya mendrugos, sino panes. Y los pusieron los dos hermanos sobre una piedra que brillaba á los ojos del Santo como próvida mesa, y á los ojos de Maesso aparecia como el extremo de la miseria. Y á fin de apartarlo de estas dudas y sostenerlo en el amor á la pobreza, desanduvo el camino andado, se volvió de la ruta de Francia á la basílica de Roma, y allí oró tanto, que Pedro y Pablo descendieron del cielo al templo y se presentaron resplandecientes de celeste luz á Francisco para mantener sus fuerzas y alentarlo en la pública profesion de la pobreza. Y no solamente vió á Pedro y Pablo, sino que vió con todos sus hermanos á Jesus mismo, pues un dia que estaba rodeado de los monjes más rudos, los cuales hablaban de Dios en el lenguaje más elocuente, se les apareció el Salvador en la forma de un jóven hermosísimo y todos quedaron como ciegos y cayeron como muertos, de la misma suerte que los apóstoles cuando resplandeció á sus ojos la luz divina del Tabor.

Los prodigios menudeaban en torno del Santo á medida que crecia en virtudes y se ejercitaba en austeras penitencias. En cierta ocasion que le importunaban los frailes para que recibiese á comer á Santa Clara, convidóla á partir el pan sobre la dura tierra, y cuando se acababa el banquete púsose á hablar de Dios con tan vivos trasportes, que encendió en la llama de su palabra bosques, campos, convento, hasta el punto de creerlos todos cuantos pasaban presa de voraz incendio y próximos á reducirse á cenizas; creencia de cuya falsedad se persuadieron observando que aquel fuego milagrosísimo resplandecia y no quemaba, pues era como la espesa llama de un espíritu animado en el divino amor. Otro dia recibió órden de no reducirse á orar, sino de correr á la predicacion y sin curarse de senda ni camino, confiando su palabra á la Providencia, como las palmas confian su pólen al viento, encontró á muchedumbre de campesinos y les predicó la virtud, y como quisieran seguirlo, mandóles que se quedáran en sus viviendas, pues él tenía mensajeros en todas partes, y dirigiéndose á bandadas de pájaros, las cuales formaban misteriosos círculos sobre su cabeza, los conjuró á sembrar la palabra divina y á este conjuro se dividieron como en legiones, yéndose unas á Oriente y otras á Occidente, éstas á Septentrion y aquéllas á Mediodía á repetir en sus divinos gorjeos cuanto habian oido. Otra vez fuese á Rieti y predicó á la puerta de una iglesia en el campo. Acudieron tantas muchedumbres en torno de la iglesia que talaron una viña llena de racimos. El rector de tan sagrado lugar se arrepintió de haber consentido la predicacion cuando el Santo le dijo: «¿Cuántas cargas de vino cogias de tus cepas todos los años?—Doce, le respondió.—Pues en nombre de Dios te prometo que este año, de los pocos racimos olvidados bajo los sarmientos desnudos, cogerás veinte cargas.» Y vino el mes de Octubre y cortó mezquinos racimos que apénas tenian unos cuantos granos, y de tan corta vendimia resultaron las veinte cargas. Y no habia ciudad por San Francisco habitada que no tuviera algun testimonio de su poder sobrenatural y de su facultad de obrar milagros. Hallábanse los habitantes de Gubio poseidos del más espantoso terror. Un lobo feroz andaba por los alrededores y arremetia así á los ganados como á las personas, encarnizadamente. Nadie osaba venir á la poblacion ni de la poblacion apartarse. San Francisco prometió que él concluiría estrecho pacto entre la ciudad y el lobo, á cuyo fin se encaminó hácia el término más frecuentado por las correrías y más castigado por los dientes de la feroz alimaña. Seguíanle innumerables curiosos, pero en cuanto se acercó el peligro dejáronle solo, abandonado á su ciega confianza. Así que lo atisbó el lobo, dirigióse á él furioso, babeantes las quijadas, encendidos los ojos, erizada la piel; pero San Francisco le hizo la señal de la cruz é inmediatamente se detuvo como desconcertado y confuso. Entónces el Santo le pronunció elocuente discurso conjurándole á dejar sus crueldades; á vivir en paz con los vecinos de Gubio, para lo cual, en cambio de la deseada sumision prometióle que satisfarian su hambre y respetarian su vida. El lobo tendió su mano al Santo en señal de asentimiento y le acompañó hasta la ciudad como un perro. Y llegados allá predicó un sermon Francisco diciendo que las gentes tenian mucho miedo á las fauces del lobo y poco á otras fauces más terribles, á las fauces del infierno. Y renovó en la plaza el pacto hecho en los campos con el lobo, el cual, en testimonio de su asentimiento, alzó la pata y la puso entre las manos del Santo. Y desde entónces el lobo vivió en Gubio como un perro hasta su muerte natural, y los habitantes le alimentaban y le agasajaban en memoria de San Francisco. Y domesticaba éste las tórtolas de las selvas y vencia los demonios del infierno y sellaba con la nocion de la eterna justicia almas perdidas en las argucias de la mundana jurisprudencia y recogia en las faldas de su sayal, como en amiga madriguera, las liebres perseguidas, y curaba y limpiaba los cuerpos podridos de los leprosos y convertia los ladrones y los asesinos á manera de Cristo en lo alto de la cruz y lograba que la madre de Dios se apareciese á sus hermanos enfermos, y yéndose un dia á Babilonia, como cayese prisionero, á punto de morir, dirigióse al Sultan mahometano con tan tiernas palabras y con promesas tales, que tocado en su empedernido corazon el infiel, le prometió convertirse en cuanto el Santo pasase de este mundo al otro y le enviára por medios sobrenaturales dos franciscanos que vertiesen sobre su frente tenebrosa el agua bendita y regeneradora del bautismo.

Despues de todo esto, no puede ya extrañarnos el imperio ejercido por San Francisco sobre las cosas, tanto animadas como inanimadas. Metíase en las selvas á predicar á los pájaros y mandaba á su discípulo predilecto, el portugues San Antonio de Pádua á que predicase á los peces. Su predicacion á los hombres tenía por objeto mejorarlos, á fin de hermosear en ellos la imágen de Dios que cada cual lleva dentro de sí mismo, y la predicacion á los irracionales tenía por objeto asociarlos á las alabanzas contínuas que entonaba al Criador. Decíales á las aves en sus discursos cosas de una extrema delicadeza; decíales cuanta gratitud debian á Dios que en las pajillas del campo y en las lanas dejadas por los corderos sobre los abrojos les daba materia para sus nidos, y del fondo de un humilde huevo las levantaba con el calor de la vida á los cielos, vistiéndolas de brillante plumaje para que adornasen el espacio, dotándolas de canoras gargantas para que entonasen suaves cánticos, de resistentes alas para que recorriesen lo infinito, de un pecho que podia respirar en las más apartadas alturas y de una vista que podia recoger de hito en hito los solares rayos para que se confundiesen con las estrellas; favores no otorgados á los demas seres, y por los cuales se hallaban como obligadas á componer un coro eterno, á producir un Te Deum inacabable, á ser en la catedral del universo como las trompetas del órgano maravilloso destinado á acompañar con sus melodías y sus acordes las oraciones de todos los seres cuyos misteriosos rumores llenan la inmensa Naturaleza. Y si veia un corderillo conducido al matadero, lo rescataba y le devolvia á la vida; si una tórtola enjaulada, le abria las puertas de su jaula y la tornaba á la libertad; una liebre perseguida la recogia en las faldas de su hábito y le señalaba el camino de la madriguera. Poeta, y poeta entusiasta; abrasado en las llamas del misticismo; conociendo el estrecho parentesco de su cuerpo con el cuerpo de los demas animales, como conocia el estrecho parentesco de su alma con el alma de los ángeles, subíase á las alturas, hincábase en los peñascos, abria en cruz los brazos y conjuraba á su hermano el sol y á su hermana la luna; al viento que pasaba sobre su cabeza y al torrente que se despeñaba á sus piés; al gusanillo perdido en los abismos y al astro perdido en el éter; á todas las cosas creadas é increadas, para que entonasen á una con él, mirando al cielo y adivinando á Dios, cánticos de amor. Sí; que el amor le tenía loco, fuera de sí, en una fragua donde se abrasaban todas las fibras de su carne y hervian todas las gotas de su sangre, amor inmenso, amor eterno, de todo su sér, originario de Dios mismo y consagrado á la dolorida humanidad, semejante al que poseyó á Cristo y le obligó á dejar los cielos por la tierra, la compañía de los ángeles por las injurias de los hombres, las cimas del Empíreo por las cimas del Calvario; el trono luminoso del Eterno, por la cruz ignominiosa del esclavo. Una noche de estío hallábase en oracion al borde de parlero arroyo en las maravillosas campiñas de Italia. Todo convidaba al éxtasis: la claridad de los horizontes, el resplandor de la luna, el murmullo de los bosques, la plateada cinta de las aguas, el aroma de las flores, las estrellas que resaltaban bajo la blanca gasa tendida por el astro de la noche y las luciolas errantes entre las hojas de los árboles como enjambres de celestes aereolitos. Á tanta hermosura le faltaba una voz y pronto canoro ruiseñor, escondido en el ramaje, comienza á entonar sus serenatas, sus arpegios divinos, sus sartas de notas semejantes á las efusiones de misterioso espíritu encendido en ardentísimo amor. San Francisco creyó que el pájaro alababa á Dios y creyó tambien que no debia dejarlo solo en esta religiosa obra. Así que el ruiseñor suspendia su gorjeo, elevaba la voz el Santo, y entonaba una de sus místicas canciones con todos los primores que le permitia la garganta y todo el estro de su inagotable inspiracion. Excitado el pájaro por la voz humana, volvia á cantar con mayor fuerza y con mayor belleza de voz y de escalas. En aquella soledad y en aquella noche, al borde de los arrojaos y á la luz de la luna, bajo las ramas de un verde primaveral y sobre la hierba florida, parecian pájaro y Santo dos pastores de las Églogas de Teócrito y de Virgilio, entonando por las campiñas de Arcádia ó de Parthénope, en poético desafío, sendas canciones de amor. Al fin, la voz del ruiseñor venció á la voz del Santo. Con su natural candidez no se sonrojó de confesar éste que en alabar á Dios vencia el ave de los cielos al pobre poeta de la tierra. Mas la música le era indispensable á la expresion de esos sentimientos intensísimos en cuyo calor estalla y se rompe la frágil palabra humana. Cuando llegaba al extremo de la pasion, al extremo del éxtasis, al extremo de sus religiosas exaltaciones, daba de mano á la palabra, al discurso, al verso, acogiéndose á los cánticos y á las melodías como formas propias de las inspiraciones más sublimes y, sobre todo, de aquellas que provienen ó de la religion ó del amor. Despues de su conversion, cantaba los objetos sacros con el mismo fuego y con el mismo empeño con que en sus mocedades cantára los objetos profanos. Y no solamente cantaba, se complacia en oir cantar á los demas, cosa que por todo extremo le exaltaba, pues le abria el cielo de nuevas místicas visiones. Un dia, al término ya de su carrera, bajo el peso de sus penitencias y de sus maceraciones, deseó recrearse y esparcirse un poco oyendo alguna sonata. Los ángeles del cielo que por mandato de Dios miraban hasta el fondo de aquella alma purísima, penetráronse de su deseo y quisieron satisfacerlo. Dejaron, pues, la eterna luz y descendieron á nuestras tinieblas. Era de noche y San Francisco oraba en su celda. De pronto, los venidos al traves de lo infinito desde las cimas etéreas á nuestro oscuro abismo, suspensos de sus alas en torno de la reja, pulsando sus laúdes, aquellos mismos que acompañan los hosannas de la gloria y los conciertos de los astros, difundieron unas melodías tan puras en los aires y llegaron hasta el alma extática del Santo con emociones tan profundas, que creyóse muerto de místico placer y trasportado á la eterna vida. No es mucho, por tanto, que á la hora de su muerte, en misteriosa tarde, cuando se habia desvanecido el crepúsculo y acercado la noche, las hijas de la luz, las profetisas del alba, las cantoras de la mañana, las alondras, abandonaran todas en tropel sus nidos de barro y vinieran á bañarse en los resplandores espirituales de aquel tránsito sublime, en tal modo que la bellísima alma del Santo, al tomar su vuelo hácia la eternidad, no dejó ni un momento de oir los cánticos de las sencillas aves que le despedian desde la tierra, confundidos con los cánticos de los ángeles y de los serafines que saludaban su triunfal entrada en la gloria.

VII.

¿Cómo ha sido formada la leyenda de San Francisco? El sentido vulgar cree que en cuanto se habla de la leyenda de un santo, de un héroe, de un reformador, se niega implícitamente su histórica existencia. Nada más infundado. Todos los críticos reconocen unánimes cuán fácil es convertir una relacion histórica en una relacion legendaria, ó aumentar las proporciones de los hechos ciertos con los espejismos de la exaltada fantasía. Sobre datos históricos indudables pueden levantarse con suma facilidad leyendas inverosímiles. Que San Francisco vivió en Asis, predicó, evangelizó, fundó su órden, influyó poderosamente en su tiempo y entregó el alma á los cuarenta años en rígida penitencia, cosa es evidente, por todos admitida, de nadie negada. Pero que en torno de esta figura histórica se extiende como una luz fantástica, tampoco admite duda alguna. Así que muere, la trasfiguracion del Santo se verifica hasta el punto de que aquellos mismos empeñados en no verle sino á traves de las ligerezas de su juventud y de las exaltaciones de su edad madura, le creen preservado del más irredimible y más fatal de todos nuestros forzosos tributos á la naturaleza; del tributo de la muerte. Los superiores de su órden inflaman de tal modo con el relato de sus milagros la imaginacion popular, que en tres años se alza en Asis su inmenso monasterio, como si hubieran descendido á fabricarlo por sobrenatural llamamiento los ángeles del cielo. Y sucede esto, porque en los palacios y en las cabañas, entre ricos y pobres, se conocen los hechos de Francisco piadosamente aumentados por la fe y admitidos por la índole propia de aquellos tiempos. La devocion se extiende en tales términos, que cincuenta años despues de su muerte los artistas corren todos en tropel á revestir de los cuadros nacientes en la fantasía regenerada, la tumba de un mendigo. Ya en el mismo siglo décimotercio, la epopeya de Francisco de Asis está escrita en hexámetros de latin eclesiástico. Y ántes de que el siglo décimocuarto se desarrolle, la traducen los fieles al habla de los trovadores y la ponen junto á los libros de caballería. Su historia crece en maravillas á medida que á mayor distancia del Santo se relata por fidelísimos devotos. La relacion de Celano, en prosa y en latin, cuatro años despues de la muerte de Francisco, es la más sencilla. La relacion de los tres socios, ó de los tres discípulos, Vita à tribus sociis, escrita más tarde para corregir y completar la obra de Celano, admite en mucho mayor grado lo sobrenatural y lo maravilloso. La distancia en el tiempo suele ser al reves de la distancia en el espacio, aumenta los objetos.

Luégo, un filósofo escribe la vida de San Francisco de Asis y la escribe para demostrar una tésis fundamental de su filosofía. Este filósofo es San Buenaventura. Su sistema se deriva de Platon, y por lo mismo se relaciona más estrechamente con el arte y con la poesía que ningun otro sistema de aquel tiempo. Para conocer los hechos y las ideas, lo existente y lo posible, la naturaleza y el espíritu, la ciencia y el Criador, no tenemos bastante con las luces naturales y con el puro raciocinio; necesitamos la intuicion sobrenatural, cuya mirada se aguza más que en las argumentaciones dialécticas, en la caridad y en el amor. El mundo ideal ó de los arquetipos eternos, el mundo exterior ó de las realidades imperfectas, el mundo de las ideas increadas y el mundo de los seres creados, propio aquél de los ángeles y éste de las bestias, exigen, si no han de estar separados, si han de ser comprendidos el uno por el otro, puesto que al cabo forman los dos volúmenes de un mismo libro, las dos páginas de una misma hoja, sólo que una página mira hácia lo divino, hácia arriba y otra hácia lo material, hácia abajo; exigen estos dos mundos, decia, si han de ser comprendidos, una entidad mediadora, un ente intermedio, con algo de los ángeles y algo de las bestias: el hombre, el cual no conoce las esencias, sino sus manifestaciones externas, no conoce las sustancias, sino los fenómenos y no puede elevarse hasta lo permanente, hasta lo absoluto, hasta lo eterno, hasta las leyes que son obra del Verbo y hasta el Verbo mismo que es esencia de Dios, ni por la percepcion, que sólo ve lo externo; ni por el sentimiento, que sólo adivina la belleza en las proporciones; ni por el juicio, que sólo conoce la relacion de los fenómenos; sino por algo más grande, por un arranque soberano de la voluntad, por un impulso ciego del sentimiento, por la mística plegaria del creyente, exaltado, trasfigurado, fuera de sí, en arrobamiento, en éxtasis, viendo las ideas y los arquetipos en Dios y los mundos como sombras de esas ideas y de esos arquetipos en los espacios. Y no podia presentarse ideal más perfecto de los trasportes del corazon, de sus arrebatos y deliquios, de los impulsos á lo sobrenatural que este pobre, este mendigo, este cenobita, muerto para sí y sólo viviente para la humanidad; elevado desde las cenizas y el cilicio á la intuicion de Dios; ántes un gusanillo de la tierra y luégo un íris que luce sobre el diluvio de nuestras lágrimas; un Elías atravesando los espacios en el ígneo carro de abrasador misticismo; el ángel que San Juan viera en el Apocalípsis, apareciendo por el Oriente y llevando el sello de Dios en las manos; sér de inmensa grandeza, sér casi divino, que ha llegado á esta sublime trasfiguracion por la virtud de religiosa exaltacion y por los milagros de religioso amor.

En la órden de San Francisco se profesaba como una especie de superior adoracion á Dios, la poesía. El Santo mismo ha compuesto versos que pasaron de boca en boca sin fijarse, sin escribirse hasta muy tarde. Ozanam confiesa en su bellísimo libro sobre los poetas franciscanos en el siglo décimotercio, que la oda ó himno al sol es citado por la vez primera por Bartolomé de Pisa á fines del siglo décimocuarto y que el poema al amor divino sólo aparece en San Bernardino de Siena, el cual escribe cien años despues de la muerte de San Francisco. El crítico Crescimbeni publicó el himno al sol como muestra de antigua versificacion italiana, y otro crítico le reprochó lo mucho añadido y lo mucho quitado so color de correccion, diciendo que por este método podia convertirse un discurso de Demóstenes en una oda de Anacreonte. Por aquel tiempo, Italia celebraba grandiosos espectáculos. Ya eran torneos y justas; ya procesiones en que se veian millares de personas vestidas con túnicas blancas y coronadas con flores várias; ya jubileos donde trescientos mil peregrinos se congregaban en torno de un sepulcro; ya autos sacramentales en los claustros de las iglesias que representaban misterios de la religion; ya capítulos como el que tuvo la órden tercera de San Francisco, compuesto de cinco mil hermanos congregados en el campo, al aire libre; fiestas muy gustadas del pueblo, que las amenizaba con el esparcimiento propio del carácter italiano, con las populares improvisaciones poéticas. Y aquí, en estas congregaciones, brotaba la poesía popular, la poesía vertida en el habla de los pueblos, cada vez más alejados del latin eclesiástico. Y la órden franciscana, órden esencialmente democrática, órden de puro carácter evangélico, órden popular, debia, para ganarse las muchedumbres, hacer dos cosas igualmente gratas al pueblo: trovar, y trovar en la lengua del vulgo. Así, poco á poco se iba creando la democracia, se iba desprendiendo el arte y la ciencia del idioma de las aristocracias teocráticas para usar el idioma de todo el mundo. Y era natural, naturalísimo, que los franciscanos trovasen la poética vida de su seráfico fundador y que la trovasen para el pueblo. Fray Pacífico, que acompañaba á Francisco, á la manera del evangelista San Juan á Jesucristo, compuso versos místicos en alabanza al inmortal fundador. Y su asunto no podia ser más legendario. Alzó una noche los ojos al cielo y vió la gloria, los santos, los mártires, las vírgenes, los ángeles, los arcángeles, los serafines, los querubines, todas las jerarquías de los seres celestes. Y en aquellos luminosos círculos sin fin, en aquellas espléndidas esferas, por las altas cimas del Empíreo, vió un sitio vacante; el sitio de un ángel destronado como Luzbel, y caido desde la eterna luz en las eternas tinieblas. Y aquel sitio angélico estaba reservado en el pensamiento de Dios al bienaventurado Padre San Francisco. El pueblo, que toma por realidad la poesía, lo alcanzaba tambien á descubrir allí y le consagraba su apasionado culto y sus fervientes oraciones.

Así, poco á poco la leyenda se fué formando y se fué sustituyendo á la historia. Un siglo más maduro que el siglo décimotercio necesitaba reunir las tradiciones franciscanas en su conjunto y darles la apariencia de relatos históricos. El siglo décimocuarto es el siglo en que la prosa italiana se fija definitivamente. Y el siglo décimocuarto es el siglo en que se escribe I Fioretti di San Francesco en prosa. No intenteis averiguar el autor de esa leyenda. Las obras que representan el ideal de un siglo tan admirablemente como esa obra mística, no tienen autores personales; nacen como las catedrales que se levantan por todo un pueblo entusiasmado, el cual eleva las piedras á los cielos, obedeciendo el llamamiento y la órden de un arquitecto invisible. No las leais tampoco en ninguna traduccion moderna. Nuestras lenguas son demasiado sábias para verter todo el candor de la primitiva fe. La misma traduccion de Ozanam, con ser obra de este literato puramente católico, de ideas ortodoxas, de creencias purísimas, cuya fe no se desmintió un momento, está muy léjos de verter en su correcto frances académico toda la inocencia de ese libro. Para comprenderlo mejor, sería necesario admirarlo en el pergamino de los primitivos códices, donde áun se conservará el calor de la ardiente mano que trazára aquellas páginas y el borron de alguna lágrima ferviente. No pudiendo procurarse esto, convendria leer las Florecillas franciscanas en esos libros de feria impresos en tosco papel y con primitivas láminas, donde sobre la rudeza de la forma resplandece el alma de un pueblo. Seguramente hay que devorarlo en el italiano de la Edad Media. Su carácter iguala al candor de una pintura de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco de una salmodia gregoriana, al Stabat Mater en su no aprendida sencillez que llega á lo sublime.

Las leyendas no han quitado su grandeza á ninguno de los seres sobre los cuales han tendido sus redes de oro y perlas. Guillermo Tell vive todavía. Cuando atravesais el lago de los Cuatro Cantones, cuando veis resplandecer en la cima de los Alpes la nieve eterna y en el fondo de los valles el lago celeste, la sombra que corre por todos aquellos encantados espacios es la sombra del gran cazador que dió muerte á un tirano y vida á un pueblo. La historia ha querido, por una de sus extrañas coincidencias, que la personalidad histórica de Zuinglio, el creador de la conciencia religiosa de Suiza, tenga el lugar de su muerte cerca de la capilla de Guillermo Tell, el creador legendario de la conciencia política de Suiza. Desde lo alto del Righi, podeis ver la iglesia de Zuinglio desierta de peregrinos. Y en el lago de los Cuatro Cantones veréis todos los dias barcas que se dirigen á llevar peregrinos al sitio donde la tradicion ha convenido en poner la leyenda del arquero inmortal, fundador de la secular República de Helvecia. Y en aquel espléndido paisaje los versos de Schiller, las notas de Rossini, las narraciones de la leyenda no hacen más que aumentar la realidad del héroe, tan duradero como la misma naturaleza. Pero la crítica os dirá que una parte considerable de la poblacion suiza proviene de las costas del Báltico, de los pueblos boreales, y que en esas costas, entre esos pueblos se ha encontrado tradicion semejante á la tradicion de Guillermo Tell, el cazador obligado á traspasar con aguda flecha la manzana puesta sobre la cabeza de su hijo por la alevosía de un tirano, para el cual guarda su víctima la otra flecha.

Nosotros no podemos extrañarnos de nada, porque hay en la historia nacional un personaje parecido, símbolo de la independencia naciente, orígen de la literatura patria, personificacion del genio hispano; nuestro Cid Campeador. La crítica histórica del pasado siglo llegó á negar su existencia. Eruditísimo sabio consagró un libro entero á demostrar que el héroe aparecia en nuestros anales como una especie de fantástica figura formada por los rayos de la exaltada fantasía popular y semejante á las mentidas islas que la refraccion de la luz dibuja en los purpurinos cielos del África. La especie pasó de los libros nacionales á los libros extranjeros, y uno de nuestros más grandes oradores tradujo la historia del célebre autor inglés que negaba rotundamente la historia del Cid. Dábase tal viso de verdad á la ligera crítica, que Rodrigo de Vivar se desvanecia como héroe engañoso de falso cronicon. Inútilmente los devotos de las glorias nacionales se hundian en los archivos, registraban los pergaminos y veian el nombre del Cid en los últimos versos latinos que precedieron á los primeros balbuceos de la lengua castellana. «Ya lo veis, decian los críticos, héroe de versos, de poemas, de romances, un Amadis de Gaula. No teneis más remedio que renunciar á él como habeis renunciado á Bernardo del Carpio.» Los eruditos continuaban su trabajo titánico y descubrian huellas del nombre de Rodrigo en los documentos del siglo undécimo. Y los críticos decian que del nombre no dudaban; pero dudaban de la verdad de los hechos atribuidos á ese nombre. Y el Cid se enlaza á toda nuestra historia: al orígen de las Córtes, por la Jura en Santa Gadea; al engrandecimiento de Castilla, por sus estrechas relaciones con D. Fernando I; al combate de los nobles con los reyes, por sus altivas relaciones con D. Alfonso VI; á las clases populares, por sus venganzas en los Condes de Carrion y sus protestas contra las innovaciones religiosas; á la toma de Toledo, en cuyos muros se dibuja aún la sombra del héroe; á la conquista de Valencia, que lleva su glorioso nombre; al rescate de todo nuestro suelo, pues en sus correrías por la España árabe quebrantó los brillantísimos reinos nacidos entre las ruinas del Califato de Córdoba; al comienzo de la lengua, porque sus leyendas, sus poemas, los cantares consagrados á sus hazañas, son los primeros vagidos del habla nacional; y, por último, á nuestra literatura entera, donde el Cid anima al Romancero y el Romancero anima al teatro para producir aquellos milagros de genio, cuyo imperio se dilatará todavía más que el imperio inmenso de nuestras conquistas y de nuestros descubrimientos por toda la redondez de la tierra. Inmensa pérdida la de un héroe así en nuestros anales, pérdida irreparable que arrancaba á un tiempo la raíz de nuestra literatura, de nuestra nacionalidad y de nuestra historia. Pero la crítica no tiene entrañas. Y se restauró la erudicion árabe y se comenzó el estudio de la Historia de España en las relaciones de nuestros enemigos, y se vió que el Cid existia con sus principales hazañas, y dejaba en el suelo mahometano y en los mahometanos anales, un reguero de luto y de terror tan grande como el reguero de luz y de gloria que dejára en nuestros anales y en nuestro patrio suelo. Y la verdad histórica no fué obstáculo para que cada clase creára un Cid á su imágen y semejanza; los nobles, el Cid altivo con los reyes y pendenciero en el palacio; los reyes, el Cid leal y monárquico que resplandece en las obras de Alfonso X; los pueblos, el Cid que no transige con el regicidio consumado al pié de Zamora, y que castiga á los Condes feudales orgullosos de su prosapia, y que amenaza á la Roma pontificia por las maniobras contra la liturgia mozárabe y contra la Iglesia nacional; hasta los monjes, el Cid, sentado ante el altar mayor de San Pedro de Cardeña, despues de muerto, y que resucita y saca la espada cuando un judío quiere mesarle las barbas; de suerte que cada clase, cada aspiracion pone sus ideas, sus intereses, sus recuerdos en el grandioso ideal de todo nuestro pueblo, y el Cid de la leyenda resulta tan verdadero y tan vivo como el Cid de la Historia, y pasa del cronicon al poema latino, del poema latino á la leyenda de sus mocedades, de la leyenda de sus mocedades al poema de su nombre, del poema de su nombre al Romancero, del Romancero al teatro, siempre creciendo á medida que crece y se agranda el genio nacional.