Sorrento ha elevado una estatua de blanco mármol al Tasso. Nunca me cansaré de admirar el respeto que Italia guarda á la memoria de sus más ilustres hijos; nunca, de ofrecerlo como ejemplo vivo á nuestra ingrata España. Puede decirse, sin exageracion, que en Italia caminais entre dos coros de estatuas. Si entrais por Génova, lo primero que herirá vuestra atencion es la efigie del descubridor de América. ¿Dónde tiene entre nosotros, españoles, otra igual? En ninguna parte. Ni á la puerta del monasterio de la Rábida, que le vió pedir limosna humildemente; ni á la puerta del refectorio de Salamanca, que vió á su razon triunfar de todas las argucias teológicas; ni en la vega de Granada, donde se avistó con sus protectores; ni en el puerto de Pálos, testigo de su salida; ni en el puerto de Barcelona, testigo de su vuelta; ni en las calles de Valladolid, testigos de su muerte.

No es maravilla, en verdad, que genio tan ilustre tenga monumento tan excelso. Los hay por todas las regiones de Italia. En Turin lo tienen, desde los primeros hombres de Estado, como Azeglio y Cavour, hasta los organizadores del ejército y los ministros de Agricultura y Comercio que han servido modestamente á su patria. En Milan se eleva el gran fundador de la unidad italiana y ese coloso del Renacimiento, ese Leonardo de Vinci, á quien rodean sus primeros discípulos. Los templos y los palacios de Venecia pueden llamarse necrópolis de los héroes y de los artistas. Por todas las encrucijadas de Mantua se os aparece la imágen de Virgilio. Á los dos lados de la galería de los Oficios en Florencia, sobre el fondo de oscuro granito, se destaca el blanco mármol de las estatuas, y estas estatuas representan los hijos preclaros de Toscana, feraz en brillantísimos genios. Las cimas del Pincio, despues de la libertad de Roma, han sido decoradas por series de bustos donde se enlazan todas las estrellas del cielo espiritual de Italia. Arnaldo de Brescia y Giordano de Bruno reciben justo desagravio en el mismo suelo donde ardieron sus cuerpos y se calcinaron sus huesos. Pergoleso, moribundo, se ve por los pórticos del teatro de Salerno; Virgilio en su templo de gloria y Vico en su meditacion de historiador brillan allí donde vienen á morir las ondas del Tirreno, á las plantas del Vesubio, entre los mirtos y los laureles de la inmortalidad.

¿Y nosotros? En Madrid, tres hombres se han salvado del ingrato olvido: Cervántes, que se eleva á las puertas de las Córtes; Murillo, que se eleva á las puertas del Museo; Mendizábal, que se eleva en la plaza del Progreso. Daoiz y Velarde están como olvidados en uno de los barrios extremos y en medio de polvorosa carretera. ¿Y Lope de Vega, y Calderon de la Barca, y Diego Velazquez? Málaga tiene un tosco monumento que recuerda el sacrificio de Torrijos, y Granada otro tosco monumento que recuerda el funestísimo dia en que subió Mariana de Pineda al cadalso. Fray Luis de Leon brilla en la ciudad donde cantó con sin igual dulzura y padeció con sin igual resignacion. Pero confesad que es demasiada soledad en medio de aquella escuela de Salamanca en que se verificó la mayor parte del Renacimiento español, como en Florencia la mayor parte del Renacimiento italiano. En Toledo veíase la derruida casa de Padilla sembrada de sal por el aleve absolutismo. Conmovia profundamente el ánimo y despertaba el pensamiento aquel solar calcinado por las llamas, no tan desoladoras como el alma de los déspotas. Sobre mutilada columna se elevaba inscripcion vengativa. Un Ayuntamiento de estos últimos años ha nivelado el suelo y lo ha limpiado, convirtiendo aquel sitio de espectros sublimes y de recuerdos grandiosos en una plazuela con raquíticas acacias, donde se reunen las niñeras y juegan los muchachos. Yo me explico esta manía nuestra de no alzar estatuas, por la barbarie del régimen que durante tres siglos pesára sobre nuestra encorvada cerviz. Si entre nuestros grandes genios habia alguno perteneciente á nobles familias, podia tener un sepulcro fastuoso y una estatua yacente en cualquier capilla ó en cualquier panteon de nuestras iglesias. Pero en las calles, en las plazas, en las encrucijadas, donde pudieran recordar que habia algo y álguien digno de veneracion, ademas de nuestros reyes y de nuestros santos, ¡oh! eso no, que hubiera enseñado mucho al pueblo. Veinte estatuas, si las hay, en toda España, consagradas á nuestros hombres ilustres, no corresponden al sinnúmero de genios que hemos tenido en nuestros gloriosísimos anales. Se me olvidaba; allá, en una de las calles de Valladolid veíase pobre efigie en capilla oscurísima, no me acuerdo por qué calle. Extrañóme sobremanera que tal recuerdo proviniese de nuestros antiguos tiempos en que dejábamos morir á Camoens y á Cervántes en la miseria y desconociamos que el Gran Capitan nos trajo á Italia y Hernan Cortés Méjico. Una estatuilla, y de mujer, ¡caso raro! Pregunté qué representaba, y me contestaron cosa que no me atrevo á creer completamente, por no haberla yo mismo en mis estudios confirmado. Contáronme que representaba una mujer, denunciadora al Santo Oficio de su propio esposo, como fiel en lo interior de su conciencia y de su casa á la religion protestante. El infeliz fué quemado en uno de los autos de fe más célebres que presenció aquella ciudad, y el Gobierno ó el vulgo, ó ambos á la vez, consagraron un recuerdo de agradecimiento indeleble en calle concurrida á una infamia tan grande..... ¿Será posible que no seamos más cuidadosos de nuestras glorias? ¿Será posible que no elevemos todavía monumentos á nuestros héroes, á nuestros navegantes, á los sabios de todos tiempos que han ilustrado nuestro nombre, á los artistas, á los poetas, á los oradores á quienes debemos la gran resonancia de nuestra lengua por todos los ámbitos de la tierra? Si los reyes absolutos han sido ingratos, que no lo sean los pueblos emancipados. Y donde quiera haya brillado un genio, que exista una señal de agradecimiento y una sombra de recuerdo. La corona de sus genios rodea con el etéreo limbo de la inmortalidad las sienes de los pueblos. Solamente la pobre Ofelia, loca, puede pisotear su corona, esmaltada de rocío, en la hora del suicidio.

II.

Tasso no consagró á Sorrento los versos á que tenía derecho su hermosura, y Sorrento ha consagrado á Tasso la estatua á que tenía derecho su gloria. La Jerusalen Libertada es uno de los monumentos más grandiosos de la lengua italiana. Y en Italia frecuentemente os encontrais con personas que guardan religioso culto á un poeta y que le dedican toda su existencia. Prosa, verso, biografías comentarios, cátedras, paréceles poco para su genio favorito. Y cuando no escriben oficialmente, hablan á todo el mundo del único asunto de su vida. Con uno de estos monomaniacos topé yo en mi último viaje á Sorrento; con uno á quien le habia dado la manía por el Tasso. No me dejaba ni á sol ni sombra, porque yo suelo tener una virtud rarísima, la virtud de escuchar. Contábame minuciosidades innumerables recogidas en libros y manuscritos indecibles sobre la vida de su héroe. Cierto frances, que viajaba por entónces y que tenía la nostalgia del café de Madrid y del boulevard de Montmartre, se indignaba contra aquel delirio por un poeta en cuya lectura sólo habia experimentado el dulce efecto de dulcísimo sueño. Aquí de nuestro loco; larga, larguísima disertacion acerca del Tasso y los franceses. Veintiseis años tenía cuando salió de Italia para Francia en la espléndida comitiva del cardenal Luis de Este, hijo de Hércules, Duque de Ferrara; exclamaba el infatigable comentador. La altísima intercesion de dos princesas fué necesaria para que el Cardenal admitiera en su servicio á quien él debia haber servido de rodillas como á un Dios de la poesía. El príncipe de la Iglesia, que iba á fomentar en la córte de Cárlos IX la fe católica contra la propaganda protestante, llevaba ochocientos criados, y entre ellos al poeta, á quien dió un cubierto en su mesa. Reclamó el Tasso algo más, y su protector convirtió la racion en soldada; pero estimándola á tan bajo precio, que apénas tenía el infeliz escritor con que satisfacer su hambre. Los cardenales de aquel tiempo eran más parecidos á príncipes de Asia que á discípulos de Cristo. El de Este, bastante avaro para regalar sólo con las migajas de su mesa al genio, cuyos versos debian regalar á la régia familia de Ferrara con el maná de la inmortalidad, donaba al criminal Cárlos IX, segun Muratori nos refiere, cuarenta caballos, todos con arneses riquísimos, sillas y mantas recamadas de pedrería, conducidos por cuarenta palafreneros cubiertos de seda y oro á la oriental usanza. Y estoy cierto de que el último parásito privaria en la córte de Ferrara más que el primer poeta de su tiempo. Entónces las cortesanas tenian sepulcros magníficos en las grandes iglesias, con epitafios compuestos por los primeros latinistas de la córte pontificia, como el elegantísimo consagrado á Imperia, mujer de tantas riquezas, todas alcanzadas por su hermosura, que cierto embajador admitido en su casa, no supo donde escupir, temeroso de manchar algun objeto de precio, y escupió en la cara de uno de los criados. Y miéntras tanto, el gran poeta se moria de hambre. Su pobreza era tal, que empeñó, para acompañar á su protector, en veinticinco libras várias cubiertas de cama, cortinas y tapices, restos del ajuar legado por su padre.

En su viaje á Francia, le parecieron uniformes las campiñas de Normandía; incómodas las viviendas, todas de madera; grandes las iglesias; admirables los vidrios de colores; inconstante el clima, que pasaba en solo un dia de Abril á Enero; indóciles é inquietas las gentes; adorable la reina Catalina de Médicis; gran poeta el rey Cárlos IX; extrañas aquella Margarita de Navarra y aquella Princesa de Nevers, que llevaban en sus carrozas las cabezas de sus amantes tronchadas por la cuchilla del verdugo; bellas de color y finas de facciones las francesas; bajos de estatura los franceses; raquíticos los nobles y de escasas pantorrillas, aunque muy guerreros; plebeyas las letras y las ciencias, segun las castas que sabian cultivarlas; soberbios los caballos y frecuentes los torneos; incomparables los vinos, muy buenos para las sanas digestiones; flojos los parisienses y alejadísimos de la austeridad impuesta por Licurgo á Esparta. Pero tuvo que alejarse bien pronto de Francia, porque cayó de la gracia del cardenal de Este; y cayó de la gracia del cardenal de Este porque el príncipe de la poesía era mucho más católico que el príncipe de la Iglesia. Así es que, apenado por el espectáculo de las discordias religiosas, políticas, civiles de Francia, pintó en una de sus sonoras octavas la nacion vestida de negro, como escuálida viuda; todas sus regiones ultrajadas; todas sus razas doloridas; vacante la corona; dispersas y dispendiadas las fortunas; opreso y enfermo el reino; y en la estirpe régia, herido el mejor vástago y su tronco desgajado por el rayo, e fulminato il tronco. Y en Francia se daba entónces á mediano poeta, por humilde soneto, riquísima abadía que rentaba diez mil escudos; y el mayor poeta de Italia, para salir de Francia, tenía que pedir prestados tres escudos, uno á cierta dama de su particular amistad y dos á un cofrade fiel y admirador ardentísimo.

Despues de tan erudita é incoherente disertacion del comentador de Tasso, oida hasta el fin último, con paciencia de mi parte, y con impaciencia de parte del frances, quisimos ambos oyentes dirigir algunas observaciones al eterno orador. Yo no pude, pues el frances, más pronto y más resuelto, me ganó por la mano y dijo que el Tasso era incapaz de comprender toda la grandeza de Francia y de apreciar toda su hermosura cuando así maldecia de los franceses; y que no le extrañaba su fin desastrosísimo y su enfermedad cerebral, pues debió estar loco toda su vida, cuando en el tiempo de la matanza de San Bartolomé le parecian poco católicos un rey supersticioso como Cárlos IX, una euménide inquisitorial como Catalina de Médicis, un prelado romano como Luis de Este, y un Papa infalible como Gregorio XIII. «Perdon, señor, repuso el italiano con su natural finura, unida á incontestable tenacidad, perdon; pero no hay sino leer á Ranke para convencerse de que Gregorio XIII no era un Papa tan severo y tan creyente como usted cree.»—«No sé lo que sería, ni me importa, replicó el frances; pero lo tengo por más competente en materias dogmáticas que á vuestro poeta. Y en confianza, y pidiéndole su vénia, voy á decirle algo desagradable. La locura contagia, y si no toma usted precauciones, puede contraer la enfermedad de su ídolo. Al fin volvióse loco él por una princesa hermosa y viva; pero tendria poca gracia volverse loco por un poeta fanático y muerto.» Nunca hubiera tocado nuestro interlocutor el tema de la demencia del Tasso. Allí ardió Troya; allí se abrieron de par en par las compuertas de la erudicion del comentador, que llevaba en dos dias hablados más de dos volúmenes en fólio acerca del poeta.

«¡Locura! ¡locura! Hablemos de esto, dijo, hablemos, no á la ligera como del viaje á Francia; hablemos largamente. Vuelto el Tasso de su excursion allende los montes, fué llamado á Ferrara por el espléndido Alfonso II, que le señaló alojamiento de príncipe en su palacio, cátedra de astronomía en su Universidad, y renta de ciento diez francos cincuenta y seis céntimos al mes en su presupuesto, cantidad bien superior á los miserables veintiun francos mensuales recibidos por el Ariosto en otro tiempo, y celebrados en el cántico décimocuarto de su Orlando. Á todos estos cargos reunió el de historiógrafo y secretario del príncipe, mediando entre ambos tal amistad y confianza, que Tasso le dirigia memoriales en verso para pedirle, por ejemplo, una bota de vino del Pausílipo, y en verso le contestaba el magnífico protector al acceder á su demanda, decretar el memorial y regalársela. Siete años duró esta amistad entrañable, siete años de no interrumpida concordia, hasta el dia funesto en que hirió á todos la fatal noticia de la extraña reclusion de tan ilustre como desgraciado genio.»

Supongo que habréis ido á Ferrara y que habréis estado á punto de llorar en la estrecha cárcel atribuida por todos á la crueldad de Alfonso II y á la pasion de Torcuato Tasso. Pues acerca de aquel extraño lugar andan divulgadas las mismas exageraciones que acerca de los plomos de Venecia. Entónces pude yo coger la palabra y decir, poco más ó ménos, lo siguiente: «Es verdad, un dia el poeta de la duda y de la desesperacion, el genio que dejára su sede en la Cámara de los lores de Inglaterra por la sombra de los pinos de Italia y por los escollos de las costas del Adriático, lord Byron, bello y pervertido como Satanas, en las exaltaciones diabólicas de su inspiracion y en los espasmos febriles de su delirio, llegó á Ferrara, visitó el calabozo henchido por las lágrimas y por los suspiros del poeta mártir, y se estuvo allí encerrado durante dos horas en contínua agitacion, dando paseos desmesuradísimos por aquella jaula, rompiéndose casi la frente en sus paredes, como para absorber todas las tristezas allí amontonadas, y considerar el sol de la prision que palidece al traves de las rejas espesas, el reflejo de la retina ardiente que se clava en la bóveda negra, la huella del cuerpo tendido en la fria losa, el sitio donde apercibian una comida semejante á la podre del sepulcro, las sombras en que los cánticos al amor y las elegías á la amistad se mezclaban á los latigazos de los loqueros crueles y á los horribles gemidos y á las histéricas carcajadas de los locos vecinos; todos los dolores de un cuerpo destrozado por el tormento y todas las penas de un alma herida por la ingratitud y por la injusticia.»

«La visita al oscuro calabozo, añadió el italiano, inspiró á Byron una lamentacion que por cierto no se parece en nada á las lamentaciones de Jeremías, hueca de tono, exagerada de frase, declamatoria de estilo, vacía de ideas, indigna de las otras obras maestras con que ha honrado su nombre de poeta y ha enriquecido la literatura de nuestro tiempo. Pero lord Byron materialmente perdió su trabajo y su poesía. La madriguera estrecha y oscura, llamada prision del Tasso, no encerró jamas al gran poeta, ó lo encerró por tan breves dias, que en verdad no valia la pena de tantas exageraciones. Fué privado de libertad, si se quiere preso, en el mismo edificio donde señalan los guías su prision, allí, en el hospital de Santa Ana, en el manicomio, pero no en el mismo cuarto donde le hubiera faltado luz y espacio para escribir, como escribió por aquellos dias, cánticos enteros de su poema y diálogos magistrales de su filosofía. El Tasso se vió privado de la amistad de su príncipe, y recluido en lo que hoy suele llamarse á la francesa una casa de salud, y á consecuencia de esto sus lamentos, que, como todos los lamentos del genio, han penetrado en el corazon de la posteridad y lo han herido de mortal dolor. Para explicaros esta desgracia, comenzad por una cosa; por que Tasso padecia ya de esa demencia ingénita á todo exceso de facultades extraordinarias, al exceso de sentimiento y al exceso de imaginacion, á las exaltaciones del carácter y de la idea. Esta exaltacion se agravaba con aprensiones tales, que creia al mundo entero conjurado contra su honor, contra su nombre, contra su vida. La tenacidad de esta aprension llegó á intensísima monomanía. El cardenal de Albano le llamaba en sus amistosas cartas gravemente enfermo, y le pedia con verdaderas instancias que para libertarse de aprensiones y sospechas se dejára purgar por sus médicos, aconsejar por sus amigos y dirigir por sus patronos. Pero Tasso tenía tal horror á la córte, que cuando escribia á las gentes de su mayor confianza les rogaba no empleáran de ninguna manera en él artificios maléficos, ó lo que es igual, artificios cortesanos. Así, consistió la causa primera de su desgracia en el desasosiego con que soportaba su estancia entre los Estes y en el deseo que tenía de partirse á otras ciudades y trabar amistades con otros príncipes. Como hubo papa de aquellos tiempos dispuesto á declarar guerra á vecina república por retener excelso pintor, hubo príncipe capaz de atormentar al sumo poeta por haber querido marcharse á la córte de otro príncipe.