Despues del Sr. Depretis se alzó el Sr. Crispi. Gran conocedor de nuestra historia y de nuestra política; su discurso tuvo un sentido práctico, propio de quien ha defendido tan prácticamente y con tanto tacto la libertad en Italia. Narró el estado de marasmo en que habia caido Europa ántes de nuestra revolucion de Setiembre. Todo el mundo creia en Italia imposible coronar la obra de la unidad con la reivindicacion de Roma, y en Francia sustituir al Imperio la forma natural de aquella democracia, la República. Y estalló nuestra revolucion y sembró tantas ideas en las conciencias, que hasta los ánimos más apocados se movieron á la esperanza y hasta los pueblos más oprimidos pensaron en su resurreccion. El Imperio, viéndose perdido, pasó de la libertad á la guerra para evitar un inevitable naufragio. Y el espíritu inmortal de la libertad entregó á Francia su República y á Italia su capital. Atronadores aplausos, consagrados á la revolucion de Setiembre y á sus representantes, resonaron en aquel salon lleno de ilustres defensores de la libertad italiana.

Un senador, el general Fabrizi, habló despues del Sr. Crispi, y recordó su afecto filial á España y los servicios prestados á la libertad en la penúltima guerra civil por él y otros compañeros cuyos corazones laten todavía como en la juventud al recordar y evocar nuestras gloriosas libertades. Efectivamente, la amistad de ambos pueblos aparece tan estrecha, que la Constitucion de 1812 goza igual renombre en Italia y en España; y los más ilustres generales italianos, como Fabrizi, como Fanti, como Cialdini, han derramado bajo nuestras banderas su sangre por la libertad de la antigua España á la manera que el inmortal Garibaldi la ha derramado tambien por la emancipacion de la jóven América. Despues hablaron los dos diputados, Sres. Nicotera, hoy ministro de la Gobernacion, y Bertani, representante de la democracia más avanzada en el Congreso italiano. El primero pronunció un discurso en que resaltaba el más profundo sentido político sobre la regla y la medida á que deben someterse los pueblos latinos para fundar instituciones libres que resulten duraderas en el suelo de nuestras históricas penínsulas meridionales sembradas de tantas y tan pasmosas ruinas. El segundo, antiguo defensor de la más avanzada democracia, al lado de sentimientos generosos y de ideas levantadas, dirigió algunas reconvenciones á la nacion española por lo que él llamaba ingratitud á mis servicios, palabras que explican las protestas de mi discurso; pues agradeciendo la exaltada amistad que las proferia, ni por un momento era dado tolerar cosa alguna que directa ó indirectamente cediera en desdoro de nuestra amada patria. En todo cuanto se refirió al espíritu de libertad que animó á Italia y á España durante el siglo estuvo el Sr. Bertani en lo cierto y habló con elocuencia inspirada por ideas de justicia.

Dos discursos se pronunciaron despues igualmente notables; uno del jóven príncipe Odescalchi y otro del gran historiador y filósofo Ferrari. Quien conozca á Roma no puede ménos de conocer á Odescalchi, y quien admire á Italia no puede ménos de admirar á Ferrari. El primero visita los talleres de todos los artistas; estudia las piedras de aquel suelo donde por todas partes encontrais grandes pensamientos petrificados en maravillosas ruinas; reune y clasifica museos que en pocos años crecen y se abrillantan, merced á la riqueza artística de tan privilegiada tierra, miéntras el segundo, maestro sin rival de la historia en los tiempos modernos, digno sucesor de Maquiavelo y de Vico, posee la astronomía digámoslo así, de las sociedades humanas, como Galileo poseyera la astronomía de los cielos. Por desgracia una enfermedad terrible, y en su juventud y en su robustez bien extraña, ha herido al príncipe, y la implacable muerte nos ha arrebatado al filósofo. Imposible decir aquí cuánto dolor he sentido al saber una y otra nueva, porque tambien es imposible decir el afecto que ambos me profesaban y á que correspondia como correspondo á todos los afectos, con usura. Italia ha perdido en el príncipe un sacerdote entusiasta del culto de la patria, y en el escritor uno de sus más profundos y más grandes pensadores; yo dos fraternales amigos. Odescalchi habló con el calor propio de sus años y con la belleza propia de su lengua; habló largamente del genio artístico de nuestras dos naciones, y Ferrari habló de una manera maravillosa de nuestra historia, del saber de nuestros andaluces, del nacimiento de nuestro idioma; de las obras científicas que dábamos al mundo en el siglo décimotercio, del esmalte oriental que traiamos á la poesía moderna; de la libertad de los municipios castellanos y del sentido popular de nuestro derecho foral; del genio dramático que poseyeron nuestros poetas, y del sentimiento de pundonor que despertaron en la Europa feudal nuestros caballeros; de todas las virtudes y de todas las glorias, en fin, de esta España á quien la humanidad debe la revelacion y el conocimiento de nuestro hermosísimo planeta.

Á tantas muestras de entusiasmo como iban mezcladas con estos profundos pensamientos filosóficos, literarios, políticos é históricos, pude corresponder y correspondí con mi discurso, pálido entre tanta luz, y pobre entre tanta profusion de talento y de ingenio. Pero hablo de todo esto en el prólogo porque el discurso resume la idea práctica que me ha movido á escribir así mis libros sobre Italia como mis libros sobre Francia, reservándome para más tarde publicar, si tengo tiempo y fuerza, alguno tambien sobre Portugal. Y esta idea, es la union de los pueblos latinos en espíritu que prepare para mañana, para dias mejores, una confederacion que será ornamento de la humanidad y de su historia. Sembremos con los ojos puestos en este grande ideal; sembremos cuanto podamos. No nos curemos de qué tiempo ni qué generacion recogerán esta siembra. Como vivimos en las generaciones pasadas vivirémos en las generaciones futuras participando, dada la inmortalidad del humano espíritu, de sus grandezas y de sus glorias.


LOS GRISONES.


Antes de entrar en Italia, miremos un instante esta region de la Engadina, suiza por la historia y la geografía y la política, italiana por la lengua, derivada del antiguo latino.

Cuando habitais un pueblo que ha sabido aliar el órden con la libertad, la autoridad social con la democracia individualista, la libertad en el pensamiento con la sensatez en la conducta, la eleccion de las autoridades todas con el respeto y la obediencia, no os canseis de verlo, de estudiarlo, de admirarlo, como no me canso yo de ver, de estudiar, de admirar esta nobilísima Suiza. Lo primero que salta á vuestra vista es la ausencia completa de ese elemento demagógico tan opuesto al órden regular y al desarrollo legítimo de la autoridad como al progreso y al afianzamiento de todas las libertades. En seguida veis que los pueblos libres son pueblos pacientes, que detestan las improvisaciones, que no entienden la palabra revolucion, gratísima á los oidos de nuestros pueblos latinos, los cuales en su inexperiencia sacuden la parálisis para moverse en la embriaguez, y despiertan de la embriaguez para caer nuevamente en la parálisis. ¿Sabeis cuánto tiempo le ha costado á Suiza llegar á la reforma de 1848? Diez y siete años. ¿Sabeis cuánto tiempo le ha costado desde que se inició hasta hoy su última reforma constitucional? Diez años. Presentada al pueblo, fué puesta en tela de contradictorio juicio, discutida largamente, desechada várias veces, y despues de maduras reformas y de prudentes pactos, votada por unos, combatida por otros; mas en cuanto tuvo la sancion legítima de una mayoría constitucional, obedecida y acatada por todos.

El poder manda, dentro de la órbita de sus facultades legítimas, con grande imperio, y se oculta en el seno de la sociedad, como Dios en el seno de la naturaleza y de la conciencia. El plebiscito es casi continuado, no ese plebiscito impuesto en medio del silencio por un césar omnipotente á un pueblo siervo, sino el plebiscito libre en sus discusiones, lleno de conciencia, que despide y recoge las ideas despues de haberlas hecho pasar sucesivamente por várias esferas y haberlas visto en diversas apelaciones, para que maduren y puedan ser aceptables y aceptadas en la viviente realidad.