Pero lo extraño allí es Monte-Carlo, otra eminencia unida á Monaco por la calzada de la Condamina, que tiene de larga un kilómetro. En lo alto se alza rectangular plaza limitada de un lado por olivares que al pié de los Alpes marítimos se pierden, y de otro lado por la inmensa superficie del celeste mar. En este valle, cortado á manera de anfiteatro, y cuyas montañas ofrecen por doquier admirable vegetacion, entre los bosques y las olas, al risueño borde de tranquila ensenada, se descubren fondas, cafés, casinos con grandes peristilos, tiendas preciosas, exposiciones de artes, salones de lectura y recreo, tiros de pistola, teatros, fuentes monumentales, terrazas interminables, pajareras llenas de aves, cascadas deslizándose entre plantas del trópico, surtidores saliendo en cristalinas columnas, escaleras y galerías de mármol que bajan hasta el mismo mar, y que contienen verdaderos jardines del Oriente con sus innumerables flores y sus grupos de gallardas palmas. ¿No es verdad que esta naturaleza convida al bien y á la paz? ¿No es verdad que en su seno sólo quisierais ver algun idilio ó escuchar alguna sonata de esas que parecen el aleteo de angélicas almas en los oidos arrobados? Cuando escuchais la sinfonía que Rossini ha puesto, como un pórtico inmortal, á su gloriosa epopeya helvética, sentís el arte recogiendo en sus alas todo cuanto hay de hermoso y divino en la naturaleza, el susurro del viento en los bosques, el choque de la lluvia en el lago, el rodar de la catarata entre las breñas, el cántico del pastor que conduce al establo las vacas, el hosanna á Dios creador y el himno á la creadora libertad.

¿Y cómo en la naturaleza de Monaco se refugió el demonio del juego? ¡Qué cuadro! La desconfianza se dibuja en todos los actos de la vida y en todas las escenas de esta tragicomedia. No espereis que os den cosa alguna á crédito. Aún no habeis acabado de comer, y aunque tengais albergue en la fonda clásica y depositado allí un equipaje, garantía material de vuestro pago, vienen los mozos con su cepillo á pediros ántes de los postres el precio de la comida. Cuanto consumís, tanto pagais en el acto. Se ve que todo el mundo teme veros salir sin un cuarto. Los tipos que encontrais á vuestro paso os llaman poderosamente la atencion, por lo preocupados y por lo embebecidos que andan en sus cálculos y en sus cavilaciones. Yo me encuentro de tal manera fuera de mí, que no puedo ver rodar una moneda sin creer que es la última á que un desgraciado libra su fortuna, ú oir un tiro sin imaginar que es el tiro de algun suicidio. El tren de Niza vomita todos los dias sobre esta playa desgraciadas mujeres que husmean los favorecidos por la fortuna y los circundan de una placentera córte. El vagabundo solitario, de seguro ha perdido. Yo me figuro que todos estos jugadores respiran mal, que la involuntaria retencion del aliento entre la puesta y la suerte les destroza el pecho. Muchas tísis del alma y muchas tísis del pulmon se habrán contraído en estos sitios. Lo más terrible que en ellos encuentro es considerar cómo la dicha de unos, depende ¡ay! de la desdicha de otros. No se devoran los peces en el fondo de los mares como se devoran entre sí estos infelices en sus combates por la fortuna dentro de los infernales círculos del juego.

El salon está revestido de lujo oriental y, sin embargo, parece tétrico; está iluminado de brillantísima iluminacion y, sin embargo, parece oscuro, como si lo ennegrecieran los pensamientos y las sombras que se escapan de las almas. La próvida direccion ha puesto en grande salon vecino una orquesta para divertir grátis los ocios de aquellos que no juegan; y es casi imposible imaginar cuán terribles son los contrastes entre las cadencias de la orquesta y el girar de la ruleta. El banquero truena al medio de la mesa manejando una especie de cetro con que distribuye el dinero. Á sus espaldas, otro, en silla más elevada, fiscaliza sus operaciones; y frente á frente de estos dos se ven otros dos en análogo sitio y situacion desempeñando idéntico ministerio. Gran número de jugadores se sientan á la mesa; otro gran número se agolpa de pié á sus espaldas. Gruesas cantidades de oro en monedas mayores que la de uso corriente, resmas de billetes franceses, paquetillos lacrados de mil francos se extienden en grandes montones por todas partes. Extraña impresion producen el dinero que allí suena; el siniestro giro de la bola de marfil que entre los números rueda; las exclamaciones várias y los contínuos cuchicheos; las errantes y expresivas miradas revelando afectos diversos; las ganancias de los unos á expensas de la ruina de los otros; el tinte moral, que sobre todos se refleja, semejante á un ocaso de la humana conciencia.

Lo más horrible es ver mujeres hermosas, jóvenes, de aire distinguido, de excelentes maneras, confundidas con todo el deshecho y rebuja de la sociedad, y pendientes de aquella bola y de aquel número fatales como de un casto y correspondido amor. La sombra añadida á la sombra no importa nada, como el cero sumado al cero; mas la sombra sobre el astro priva de luz y entristece así la vista como el ánimo. Sobre la frente de la mujer el mal se ennegrece con más profundas y oscuras tintas que sobre la frente del hombre. Quien cae de más alto se destroza más terriblemente. Adan, del Paraíso pasó á la tierra; pero Luzbel pasó de los cielos al infierno. La sociedad humana exige más pureza y más virtud de la mujer que del hombre; y la sociedad humana tiene razon como la tiene siempre en todos esos sentimientos universales cuya duracion se confunde con el orígen y el curso de los siglos. Terrible cosa es ver la pobre mujer de mundo, halagüeña con el afortunado, incitándole á disipar en la orgía el oro allegado en el juego; pero más terrible aún, más repugnante es ver á la esposa casta, á la madre próvida, á la jóven llamada á fundar una familia, ó porque el hastío la sobrecoge, ó porque la necesidad la apremia, ó porque el vicio la seduce, en medio de todos los desórdenes, soltando sobre un tapete el oro que debia reservar para las economías de la casa, para la educacion de los hijos, para las expansiones de la caridad necesarias á la ternura de sus verdaderos sentimientos, á la delicadeza de su buen natural, á la exaltacion de su apasionado carácter. Dígase lo que se quiera, la criatura humana tiene en todos los laberintos y minuciosidades de la vida un medio de orientarse: mirar á la conciencia en cayo fondo está Dios, como en el fondo de los inmensos espacios la luz y lo infinito. Pregúntele cada una de esas damas á su conciencia, y verémos si le contesta que la musa del arte, la sacerdotisa del hogar, la diosa del amor, vírgen ó madre, á cuya virtud fia el mundo la legitimidad de la familia y la educacion del género humano, puede rebajarse más en una casa de prostitucion que en una casa de juego. Terrible calamidad la desenfrenada pasion de jugar. Entregándose el hombre á los azares de la suerte, rindiendo culto al implacable destino, suprime la libertad moral; y siempre que suprimais la libertad, habréis suprimido nuestra naturaleza y levantado en su lugar el demonio del mal. ¡Oh! ¡Maldito sea mil veces el juego que sustituye el azar á la libertad y la confianza en la fortuna á la confianza en el trabajo!


LA BELLA FLORENCIA.


Un aleman me decia este verano, con poco respeto en verdad á mi entusiasta amor patrio, que así como sólo hay dos naciones en la historia de la Europa antigua—Grecia y Roma—sólo hay dos naciones en la historia de la Europa moderna—Alemania é Italia—porque ésta ha traido el pontificado y aquélla el Imperio; ésta el arte y aquélla la ciencia.

En vano le mostraba yo el poderío de Inglaterra, su comercio abrazando el orbe, sus naves dominadoras de las olas, el espectáculo de sus libertades en contínuo crecimiento, y el sentido práctico que ha llevado á la vida y á la ciencia; en vano le recordaba que Francia fué el verbo de la civilizacion moderna, que su palabra ha desatado las tempestades, pero tambien ha encendido la luz, que la levadura democrática por ella mezclada á nuestro sér ha penetrado hasta en los duros huesos de sus enemigos los alemanes; en vano le hablaba de España, de nuestro suelo providencialmente destinado á ser el anillo entre el Océano y el Mediterráneo, entre el viejo y el nuevo continente, de nuestra raza sintética que tiene cualidades del semita y del indo-europeo como del germano y del latino á un mismo tiempo, de nuestro cielo que ha engendrado los pintores más realistas como Velazquez y los poetas más idealistas como Calderon, de nuestro pueblo que ha escrito en la fantasía el poema del Romancero y en el espacio el poema de la guerra por la Independencia; de nuestro genio que, como Dios, ha creado un mundo. El aleman continuaba diciéndome: desengañaos, no hay más que dos naciones en la historia moderna; Alemania, que nos ha dado la filosofía é Italia, que nos ha dado el arte.

Dejé con su tema al loco sin recordar ni Averroes, ni Abelardo, ni Santo Tomás, ni Vives, ni Descártes, ni Pereira, ni Raimundo Lulio en demostracion de que tambien tenemos nosotros los latinos filosofía, y me consagré á contemplar algunas dias esta Italia de la cual debo pronto separarme para volver á mi hogar y á mi patria. Su geografía os revela en seguida su grandeza. Colgada de los Alpes que la coronan de nieves diamantinas y de celestes lagos; atravesada por caudalosos rios que siembran en sus venas asombrosa fecundidad, tendida entre el mar Tirreno y el mar Adriático que la refrescan con sus ondas y con sus brisas y le dan seguros puertos para las naves del Oriente y del Occidente de Europa; estrecha, larga, brillante como una espada cuyo pomo penetra en el corazon de nuestro continente y cuya extrema punta, se acerca al continente africano; unida por el coro de sus islas, por Sicilia, á Grecia, al mar de la Jonia, al Asia; y por Cerdeña, al Occidente, á Francia, á las Baleares; cercana á las Galias, cercana á las tribus germánicas, cercana á Viena, y á París, y á Constantinopla, y á Ginebra, no hay duda; esta península habia sido destinada en las leyes de la naturaleza, en los secretos de la Providencia, á civilizar el mundo.