MANTUA Y VIRGILIO.


I.

Yo siempre te amé, siempre, alma Naturaleza, desde que sentí tu eterna vida agolparse á mi corazon y tu calor discurrir en jugos vivificantes por mis venas. Luz esplendente que inundas los espacios; electricidad chispeante que corres por los nervios; aire vital en que respiran desde la violeta hasta el águila; fuego del hogar á que se calientan los orbes; vida, eterna vida, la de varios colores, la de organismos innumerables, jamas te imaginé sombra de mis pensamientos, cuadro de mi fantasía, estatua animada por la antorcha de mi inteligencia, el eco de mi voz en lo infinito, el reflejo de mi solitario sér en el vacío: creí y adoré tu realidad.

En tí, en tu seno, todo me subyuga: lo mismo la primera flor del temprano almendro en la henchida yema, que el postrer copo de la blanca nieve en la alta montaña; lo mismo el rumor de la lluvia invernal en los vidrios de las ventanas por las eternas noches, que el susurro del arroyo libre de sus cadenas de hielo por las campiñas primaverales; lo mismo la tormenta rugiente en truenos, encendida en relámpagos, chasqueando el rayo, que la endecha del ruiseñor enamorado en el tranquilo bosque; lo mismo el deslumbrador mediodía con sus tonos calientes, que la pálida luna con sus argentadas gasas; lo mismo el chirrido de la cigarra en las estivales siestas, que el grito del cuclillo en las mudas veladas; lo mismo el zumbar de la abeja sobre los arbustos, que el espirar de la ola en las sonoras playas; todo en tí me parece divino, todo, desde el amor hasta la muerte.

II.

Siempre me acordaré de una de las tardes más solemnes de mi existencia. Era el dia de Pascua en que todo resucita, la mariposa abandonando su larva para tomar multicolores alas, y Cristo rompiendo su sepulcro para llevarse el alma de la humanidad á los cielos. Así toda la creacion repite la alegre aleluya entonada por el órgano bajo las bóvedas de las iglesias y por las campanas en las altas torres. Descendia el sol hácia su ocaso entre anaranjadas nubes; brillaba el cielo con ese azul de España que no he visto ni en Italia; flameaban las cordilleras purpurinos reflejos que hacian de los ventisqueros volcanes; en los manzanos y en las acacias tendíanse blancas guirnaldas como signos de los desposorios de tantos seres en la estacion de los amores; y miéntras por los pedregales se ataviaban de su primer verdor la zarza-rosa, en los trigos, entre las tiernas espigas, alzaban sus corolas encarnadas las sedosas amapolas. De pronto suben dos alondras, una pareja enamorada, á los aires. Mirábanse extáticos aquellos seres del cielo ni más ni ménos que los amantes en la tierra. Volaban alegres con femenil coquetería como si quisieran mostrarse sus sendas perfecciones iluminadas por los rayos del sol poniente. Algunas veces las alas se rozaban y los cuerpos se confundian. La nube de incienso no asciende con tanta majestad en el santuario como ascendian los dos pajarillos en el campo. Veíaseles detener su ascension, quedarse fijos é inmóviles como si miraran algo sobrehumano aquí en el suelo despues de haber mirado la luz allá en el horizonte. Era quizás su nido, eran quizás los hijuelos de sus amores. Ignoro si en aquellos dias podrian ya tener hijuelos, pero me pareció que los contemplaban dormidos, que los oian piar, que atisbaban el lejano peligro para defenderlos y salvarlos ántes de perderse en el cerúleo abismo. Lo cierto es que en su canto, en sus notas alegres, en sus gorjeos, en su jugueton vuelo, en todos sus movimientos, mostraban á las claras ¡ah! la alegría comunicativa de vivir y de amar. Sus cantares caian sobre mi sér como rocío benéfico y lo impulsaban á participar de tanta felicidad.

III.

Pero en el mundo no todos tienen este culto mio por la Naturaleza, no todos sienten este dulce arrobamiento por los bellos espectáculos de la vida. Hay muchas armonías, pero junto á muchas batallas. Si al levantar los ojos á las esferas y ver el concertado movimiento de los astros puede pareceros el universo un poema, al convertirlos á la tierra y descubrir el ódio de unos seres á otros seres, sus mutuos encarnizados combates, las heridas que se abren, la sangre que se sacan y vierten, la muerte que se infieren, el universo puede pareceros una interminable, infinita, universal guerra.