La chalupa dejaba marcada su ruta por una estela luminosa, que brillaba en las tinieblas de la noche como la cola de un espléndido cometa.

El Capitán y Cornelio, asomados al mar por la banda de proa, mientras que Hans y el chino atendían a la vela, examinaban con atención las aguas para no chocar contra cualquier escollera que subiese hasta la superficie y que indudablemente habría destrozado a la débil embarcación.

Tenían el atol como a un cable de distancia delante de ellos. Era como un islote redondo, de un cuarto de milla de bojeo, con un lago en medio, también redondo, formando así un como anillo de unos cien pies de ancho, cubierto de árboles, con una angosta abertura hacia el Sudoeste.

Nada más hermoso que el aspecto de aquel atol, con el lago central de aguas fosforescentes rodeado de un cinturón, que la vegetación de que estaba cubierto hacía parecer de esmeraldas.

Al Norte y al Sur se destacaban dos líneas de escolleras, prolongándose muchas millas en la misma dirección.

La mar estaba agitadísima en torno de aquel islote y de las escolleras. Las olas se estrellaban furiosas en tales obstáculos con fragor tremendo, reventando en espumas, alejándose y volviendo furiosamente a la carga.

—¡Atención al paso, Van-Horn!—gritó el Capitán, que se había puesto pálido.

—¿Hay escolleras delante?—preguntó el piloto con la voz ligeramente alterada.

—No.

—Confiemos en que se podrá pasar.