—Eso es un desatino, Cornelio; pues, como te he dicho, los zoófitos comienzan a construír en la cima de los montes o volcanes submarinos.
—Debe de haber muchísimos montes y volcanes bajo las aguas del océano Pacífico.
—Es cierto, Cornelio, y por eso abundan tanto allí las construcciones coralíferas.
Y basta ya de preguntas, curioso. Aprovechemos la tranquilidad que reina en este atol y tratemos de dormir algunas horas. Tenemos necesidad de descanso.
XII.—EL ESTRECHO DE TORRES
LA tempestad no cesó en toda aquella noche. Un viento terrible que soplaba del Sur, caliente como si saliera de un inmenso horno encendido o como si atravesara por un desierto de fuego, corrió constantemente sobre el golfo de Carpentaria, retorciendo, como si fueran débiles cañas, los árboles que crecían alrededor del islote coralífero.
El trueno no cesó un solo instante y las olas batieron toda la noche furiosamente las escolleras, rompiéndose en ellas con fragor tremendo.
Los náufragos del junco, que no tenían ya nada que temer del furor de los elementos, durmieron plácidamente en su chalupa, cubiertos por un gran encerado y por la vela, que los protegían de las salpicaduras de las olas.