Estos infusorios son pequeñísimos; tienen forma de hojas algo redondeadas, con un pequeño apéndice, y despiden extraordinario brillo. Una botella de agua saturada de estos animálculos brilla y da luz suficiente para poder leer un libro a un metro de distancia.

Aunque ya no les cogía de nuevas, Hans y Cornelio admiraban aquel espectáculo sorprendente y sumergían las manos en el agua para sacarlas cubiertas de puntos luminosos.

A media noche la fosforescencia desapareció y la mar quedó negra y obscura, como si fuera de alquitrán.

A las dos, mientras el Capitán y el chino relevaban a Van-Horn, a Hans y a Cornelio, descubrieron hacia el Oeste, pero a gran distancia, un punto luminoso que parecía brillar a flor de agua.

—¿Será el fanal de algún buque?—preguntó Hans.

—Me parece demasiado bajo—dijo el Capitán, que observaba atentamente.

—¿O alguna isla?

—¿Será la barca de un salvaje?

—No; parece que la luz está fija, viejo mío.

—¿Habremos pasado ya el golfo de Carpentaria?