En vez de detenerse, el Capitán, Cornelio, Horn y el chino habían empuñado los remos y los manejaban furiosamente. Hans estaba en la barra del timón.

A las once estaban los náufragos a sólo tres millas de la costa de Nueva Guinea; pero tenían la primera piragua media milla detrás de ellos y la segunda poco más de una.

—¡Veo un río!—exclamó Hans.

—¿Cerca?—preguntó el Capitán, que no podía verlo por estar de espaldas a la costa.

—Sí, tío; ahí enfrente de nosotros.

—Lleva hacia él la chalupa. ¿Es ancho?

—Tendrá algo más de un cable.

—Lo remontaremos y desembarcaremos en los bosques.

—¡Duro con los remos, amigos!: los papúes han advertido nuestras intenciones.

—Tío—dijo Cornelio—; los tenemos ya encima, y podríamos disparar sobre ellos.