—Sí, señor Cornelio—contestó el marino, con cierta inquietud.
—Alguien se ha tirado al río.
—Eso temo.
—Los piratas tienen que venir de la parte del mar.
—Es verdad; pero pueden haber desembarcado, para caer de espaldas y de frente sobre nosotros.
Van-Horn no respondió; pero movió la cabeza con aire de duda.
—¿Qué hacemos?—dijo Cornelio después de algunos instantes de silencio.
—Por ahora, vigilar las aguas. Si es un hombre, tendrá que subir al banco de arena para llegar hasta nosotros, y se descubrirá, pues por aquí no hay agua.
—Es verdad... ¡Calle! ¡Otra zambullida!