—¡Y tan malos!: ¡como que están envenenados!—añadió Van-Horn—. Por fortuna, a esta distancia no pueden herirnos mientras no nos descubramos.

—¿Y cómo nos las vamos a componer si esto dura mucho?—se preguntó el Capitán con cierta inquietud—; porque estos bandidos son capaces de tenernos sitiados sabe Dios hasta cuando.

—No tenemos prisa, tío—replicó Cornelio—: se está muy bien en este nido de cigüeñas.

—Pero ¿y los víveres? ¿y el agua?

—¿Tratarán verdaderamente de sitiarnos?—preguntó Van-Horn.

—Estoy seguro de ello, viejo mío. Tratarán de rendirnos por hambre.

—No, tío—dijo Hans—; no esperarán tanto, pues veo que vuelven a la carga: ¡mira!

Acercáronse todos a la puerta y vieron a los piratas avanzar por la explanada. Se deslizaban como serpientes amparándose en los matorrales.

—¿Tratarán de cortar los horcones?—preguntó Van-Horn, aterrorizado—. ¡A ellos, señor Cornelio!

El joven, que había vuelto a cargar el fusil, disparó apuntando a unas matas que se movían, pero ningún grito siguió a la detonación.