—Estos animales están acorazados—exclamó Cornelio, que los examinaba con curiosidad.

—Y su coraza está hecha a prueba de hacha, sobrino—dijo el Capitán.

—¿Y cómo hay aquí estas tortugas? Me han dicho que sólo viven en el mar, tío.

—Las hay de muchas especies: unas, terrestres, que son las más comunes, gruesas, cortas y con las patas parecidas a troncos; otras, de lagunas y pantanos, que son las más pequeñas; otras de río, y por último otras de mar. En esta isla abundan todas las especies, y los salvajes hacen gran consumo de ellas, pues su carne es superior.

—¿Y de qué se alimentan?

—De yerbas, raíces, lombrices, insectos acuáticos, algas marinas y pequeños crustáceos.

—¿Las hay también en otros países?

—Sí, Cornelio: las hay en Asia, en África, en Europa, y sobre todo en la América meridional.

—¿Tan grandes como éstas?

—Las hay más pequeñas, y también mucho mayores. Las que viven en los bosques de la cadena del Himalaya dan doscientas cincuenta libras de carne, sin contar el peso del caparazón, que es respetable; pero las más grandes son las llamadas elefantinas, que se encuentran en África, en el canal de Mozambique, en la isla de Madagascar y en las de la Reunión y Borbón.