—¿Está cargada la lantaca?—preguntó el Capitán.

—De metralla—respondió el viejo—. Si a los salvajes les entran deseos de molestarnos, los saludaremos con una buena rociada.

—¡Vamos, muchachos!—dijo Van-Stael a sus sobrinos.

Embarcaron todos en la otra chalupa, los chinos empuñaron los remos y se dirigieron a tierra.

En pocos minutos llegaron a la playa, sorteando las peligrosas escolleras que rodean la costa, contra las cuales se rompe el oleaje con roncos mugidos, produciendo gran resaca.

—¡Alto!—dijo Van-Stael antes de que la chalupa tocase en la orilla.

Se subió al banco de proa y miró detenidamente hacia la playa, erizada de rocas enormes, que se alzaban en forma de anfiteatro. A pesar del grito que habían oído poco antes, no se veía ninguna criatura humana ni se percibía rumor alguno sospechoso. Solamente una bandada de cacatúas, espléndidas aves de plumas purpúreas y blancas que ostentan en la cabeza un penacho inclinado hacia atrás, revoloteaban entre las ramas de un pequeño black-wood (árbol de madera negra) que crecía desmedradamente entre la arena.

—¿Hay novedad?—preguntó Van-Horn.

—Ninguna, viejo mío. Desembarquemos.

La chalupa se acercó a la playa hasta tocar en la arena.