—¿Y dónde está esa harina?
—En el tronco del árbol, señor Cornelio.
—Os burláis, viejo Horn.
—No; os lo aseguro. Ahora lo veréis.
El piloto empuñó el hacha y atacó briosamente con ella el tronco del árbol, que ofrecía una resistencia increíble. El Capitán tuvo que relevarle en el trabajo un cuarto de hora después, hasta que por último la planta, cortada circularmente a dos pies del suelo, se desplomó con gran estrépito.
—Mirad—dijo el piloto.
Hans, Cornelio y el joven pescador se acercaron, y con gran sorpresa vieron que aquel tronco estaba lleno de una materia ligeramente rosada y al parecer muy dura.
—¿Qué es esto?—preguntó Cornelio.
—Harina; o, si lo prefieres, sagú—dijo el Capitán.
—Lo conozco de nombre y hasta lo he probado en Timor, tío.