El Capitán metió ambos brazos en el tronco y extrajo un gran puñado de harina, que salió mezclada con blancas y finísimas hebras, al parecer muy resistentes y tenaces.
—¿Se comen también esas hebras?—preguntó Cornelio.
—No—respondió el Capitán—; echarían a perder el pan, porque son leñosas.
—¿Hay que separarlas?
—Sí, y para ello construiremos un cedazo con hebras de coco, para perder menos tiempo.
El Capitán vació por completo aquella parte del tronco del árbol, y amontonó la harina sobre grandes hojas.
Después puso otra de las rodajas del tronco sobre la que acababa de vaciar y manejando con fuerza la maza, la despojó de toda la harina, repitiendo la maniobra con todos los trozos, y obteniendo en pocas horas muy cerca de ocho quintales de harina, que formaba un montón enorme.
Había aún que cernerla para separarla de las fibras; pero habiendo llegado la noche, se dejó aquella segunda operación para el día siguiente. Cernieron, con todo, por lo pronto, una pequeña cantidad de aquella harina, la amasaron con un poco de agua y la pusieron a cocer sobre brasas.
Con aquel pan y con tortuga asada cenaron muy bien aquella noche. Acabada la cena, Van-Horn hincó en el suelo algunas estacas y formó un cobertizo de hojas que los librasen de la humedad de la noche, y lo rodeó de los trozos de tronco vacíos de sagú, que sirvieran como de empalizada que los defendiera de las flechas si llegara el caso.
Cornelio hizo el primer cuarto de guardia emboscándose en un matorral, y los demás se entregaron al sueño.