Daban vueltas intranquilos sobre sus lechos de hojas, aguzaban los oídos y contenían la respiración, creyendo siempre oir algún grito o alguna detonación. De vez en cuando se levantaban, trepaban a algún árbol para escuchar mejor; pero pasaban las horas una tras otra sin que ningún rumor viniera a turbar el silencio.

Hacia media noche, vencidos por el sueño y el cansancio, iban ya a quedarse dormidos, cuando oyeron de pronto gritos lejanos.

Ambos se pusieron en pie con las armas en la mano.

—¿Has oído, Van-Horn?—le preguntó Cornelio con voz reposada.

—Sí, señor Cornelio—contestó, alarmado, el piloto.

—¿Serán nuestros compañeros, mi tío, mi hermano...?

—No lo sé; pero empiezo a tener esperanza.

—Acudamos, Van-Horn, antes de que se alejen.

—¿Con esta oscuridad?

—No importa. Ya trataremos de orientarnos.