El papú, verdadero hombre de los bosques, los guiaba sin vacilar un momento, yendo siempre por un camino más o menos recto, pero que infaliblemente debía conducirlos al bosquecillo de nueces moscadas. De vez en cuando miraba al sol para guiarse, y en seguida redoblaba el paso separando las ramas o cortando los bejucos que podían molestar a sus salvadores.
Hacia las tres de la tarde dirigió una larga mirada en torno suyo, y dijo mirando a Van-Horn:
—El bosquecillo está allí, detrás de aquel teck.
—¡Ya están bien cerca, señor Cornelio, y oirán un disparo!—gritó el piloto.
—¡Ah!—exclamó Cornelio—. ¡Al fin voy a volver a ver a mi tío y a Hans!
Levantó el fusil y lo descargó al aire; pero no le respondió ninguna detonación. El piloto y el joven se miraron con gran ansiedad.
—Nada—dijo el viejo, poniéndose pálido.
—¿Habrán partido?
—No lo sé; pero mis inquietudes redoblan.
—¿Estarán, tal vez, dormidos?