El papú se sonrió.

—El hijo de Uri-Utanate ha sido salvado por vosotros, y es vuestro esclavo. Cuando mi padre lo sepa, será amigo vuestro y os hará conducir a todos a vuestra patria.

—¿Está muy lejos el Durga?

—A dos jornadas de marcha.

—¿Cuándo crees que fué el asalto?

—Al alba, porque estas ramas tronchadas están aún húmedas de savia. Si hubiera sido ayer, ya estarían secas.

—Señor Cornelio; partamos sin perder un minuto—dijo el piloto—. Dentro de cuarenta y ocho horas abrazaremos al Capitán, a Hans y al chino.

—¡En marcha, Van-Horn! Me siento tan fuerte ahora, que andaría diez leguas sin detenerme.

Recogieron los panes de sagú esparcidos entre la hierba, y se pusieron en marcha penetrando en la gran selva, que se extendía hacia el Oeste.

XXIV.—EL JEFE URI-UTANATE