—Veamos antes, señor salvaje—dijo el Capitán, avanzando hacia él—, qué es lo que pretendes.

El australiano, que se mantenía inmóvil empuñando su chuzo, al ver al Capitán acercarse, se golpeó con la mano izquierda el vientre, que resonó como un tambor.

—Pide de comer—dijo Van-Stael—. No somos fondistas, señor salvaje; pero si estás en ayunas, puedes comerte esta olutaria.

Tomó una de la especie llamada zapatos, y se la arrojó al australiano, que la pilló al vuelo, llevándosela ávidamente a la boca.

—¡Qué apetito!—exclamó Hans.

—No hay que maravillarse, sobrino mío. Estos salvajes del continente australiano están toda la vida luchando con el hambre, y pasan por larguísimos ayunos.

—Pero ¿no se producen en Australia frutales?

—Sólo árboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas de Europa dan aquí fabulosas cosechas; sólo que estos salvajes desprecian la agricultura y sólo viven de la caza.

—¿Y abundan los cuadrúpedos y las aves?

—Son muy escasos. Aquí sólo se encuentran focas, kanguros, algunos casoares, más pequeños que los africanos, y bandadas de ciertos perros salvajes, llamados dingos, que son muy difíciles de cazar. Es verdad que el indígena de Australia no es exigente, y se alimenta de asquerosos reptiles; pero aun éstos escasean y no alcanzan para todos. Añade a esto que son imprevisores, y que jamás piensan en el mañana. Si cae en sus manos un kanguro o un casoar, se apresuran a asarlo, y lo devoran, sin dejar más que los huesos, no preocupándose de si tendrán para comer al siguiente día.