—¡Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapiés, antropófago!—dijo el marinero, levantando el fusil—. ¿Me has comprendido?

El australiano, que no debía ignorar el efecto de las armas de fuego, retrocedió precipitadamente, y, plantando con resolución el chuzo en la arena, dijo:

—Pronto nos volveremos a ver.

Después, dando un gran salto, se alejó a toda prisa, desapareciendo detrás de las rocas que rodeaban la bahía.

-¡Que te devoren los perros salvajes!—le gritó Van-Horn.

—¿Volverá?—preguntó Cornelio.

—Es probable—respondió el Capitán, que se había quedado pensativo—. Ese salvaje procurará jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.

—¿Habrá alguna tribu por estos contornos?

—Creo que esta costa es demasiado estéril para alimentar a una tribu entera; pero en el interior de la península, los salvajes no deben faltar.

—¿Son valientes?