—Y ¿no nos traerá esto complicaciones, tío?—preguntó Hans.
—Es probable que sus súbditos le busquen, pues se trata de un jefe; pero tal vez ignoran que nosotros estamos aquí, y pueden llevar sus indagaciones por otro lado—respondió el Capitán—. Además, no permaneceremos mucho tiempo en esta bahía si la pesca sigue siendo tan abundante.
—¿Conoces algún otro sitio abundante en olutarias?
—En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y más tarde pasaremos por ellas para completar el cargamento.
—Y, por otra parte—arguyó Cornelio—, si los salvajes vienen a molestarnos, nos defenderemos.
—¡Bien, muchacho!—le dijo, sonriendo, el Capitán—. Eres un hombre valiente.
—Y yo no me quedaré atrás, y pelearé a tu lado—dijo Hans, empinándose para parecer más alto.
—Ya sé que eres un hombrecito que no conoce el miedo—respondió Van-Stael—. Un día seréis dos valientes y hábiles marinos. Ahora, sobrinos, prosigamos nuestra faena. Es preciso atender cuidadosamente a la preparación del trépang, o estos indolentes chinos nos lo echarían a perder.
La chalupa de los pescadores volvía otra vez a la orilla, cargada de moluscos.
En aquella bahía, que era muy abundante en algas y en peces, había tal profusión de olutarias, que los pescadores apenas tenían más que hacer que bajarse para recogerlas, pues casi todas las especies viven a pocos pies de profundidad.