—¿Estamos cerca de la bahía?

—La tenemos seis millas delante de nosotros, Hans.

—¿Estás seguro de no engañarte, tío?

—¿Un hombre de mar como yo equivocarse?... Vine aquí el año último a pescar el trépang, y no he olvidado la bahía.

—¿Y por qué observas tan minuciosamente la costa?

—Porque me va en ello la piel, y, sobre todo, la vuestra, sobrinos míos.

—¿Qué temes?

—Esa es tierra de salvajes, Hans. Ahora seguramente no hay nadie en la playa; pero de un momento a otro puede cubrirse de australianos.

—¿Odian quizás a los hombres blancos?

—No distinguen de razas: blancos, negros, amarillos, rojos o aceitunados, todos son manjares apetecibles para ellos.