Acercáronse rápidamente y se dirigieron al grupo que formaban los preparadores, los cuales parecían estar en rebeldía contra Van-Horn y Hans.

—¿Qué significa este tumulto?—gritó Van-Stael, deteniéndose entre la turba furibunda—. ¿Por qué no se trabaja?

—Porque no quieren seguir aquí más tiempo, Capitán—dijo Van-Horn—. Dicen que no están dispuestos a dejarse comer por los australianos en beneficio nuestro y del armador y consignatario del junco.

—¿Os subleváis, pues, por miedo?

—Queremos irnos de aquí, Capitán—dijo un chino que llevaba una trenza de un metro de larga—. Queremos abandonar esta costa, en la cual los salvajes abundan tanto como las peonías en nuestros jardines.

—Y yo deseo llevar mis huesos a mi patria, antes de que los dejen limpios de carne estos salvajes—dijo otro.

—Sí; todos queremos marcharnos de aquí—añadieron los demás.

—Y yo—dijo Van-Stael, irguiéndose y mostrando sus manos callosas—estoy sintiendo ganas de ataros a los quince por las trenzas y abandonaros en la bahía, ¡Pillos!... ¡Ah! ¿Tenéis miedo, conejos del Celeste Imperio?... ¡Mil truenos!... Yo no os he contratado para que deis un viaje de placer alrededor del mundo, señores míos... ¡Van-Horn, sujeta a este cobarde que dice que quiere abandonar esta costa, y mételo en la barra por tres días!... ¡Y vosotros al trabajo, o, palabra de marino, os hago sentir lo que pesan mis manos!... ¡Yo me entenderé con los salvajes! ¡Vosotros, a vuestra obligación, y vivo!

V.—EL ASALTO NOCTURNO

VAN-STAEL era un marino valiente y un hombre de gran energía, y la tripulación no lo ignoraba. Profundo conocedor de los hombres de raza amarilla, sabía que la más pequeña debilidad de su parte podría serle funesta, comprometiendo el éxito de la empresa que tan felizmente habían comenzado.