—¿Temes un asalto?
—Sí, hijo mío.
—Somos cuarenta, tío querido.
—Por lo que se ve, sigues contando con los chinos. A los primeros disparos huirán a las chalupas, y nos dejarán solos.
—Es que tenemos dos lantacas a bordo, y podríamos desembarcarlas.
—Es verdad; pero no bastarán para rechazar a esa canalla.
—¿Temes que sean muchos?
—En las costas meridionales de Australia quedan pocos indígenas, porque los colonos ingleses han ido acabando poco a poco con todos ellos; pero aquí en las septentrionales los hay todavía en gran número, y podríamos tener que vérnoslas con cuatrocientos o quinientos hombres.
—Un verdadero ejército para nosotros, que ni siquiera podemos contar con los chinos. La cosa se pone seria, tío.
—Sí, Cornelio.