—¿Dónde vais?—les preguntó el Capitán amartillando resueltamente el fusil.

—A bordo—dijeron algunos.

—¡A bordo, hato de haraganes! ¿Vais a abandonar el trépang? ¡Desembarcad, o al primero que toque un remo lo mato como a un perro! Aquí nos quedamos nosotros, y aquí os quedaréis vosotros también.

—Es que los salvajes nos amenazan, señor—dijo un cabo de pescadores.

—También amenazan a mi trépang, y no me da la gana de perderlo—respondió Van-Stael—. ¡A tierra, os repito!...

—Defended vos vuestro trépang—dijo una voz.

—¡Eh, tunante; ven aquí a repetir esas palabras, si te atreves, o deja al menos que yo te vea la cara!—dijo el Capitán, perdiendo la paciencia.

Ninguno respondió; pero tampoco ninguno hizo el menor ademán para saltar en tierra.

—¡Ah! ¿Os rebeláis?—exclamó el Capitán—. ¡Van-Horn, Cornelio, Hans, desembarcad las lantacas, y si estos hombres intentan alejarse, haced fuego contra las chalupas!

El Piloto y los dos hermanos no se hicieron repetir la orden. Se agarraron a los bordes de las chalupas y con dos vigorosos empujones las embarrancaron en la playa, sacando a tierra las dos lantacas.