—Pues a mí me han parecido esos aullidos naturales.

—¿Veis algo?

—No.

En aquel instante se oyó de nuevo el aullido, pero más cercano.

—No es un warangal, señor Cornelio—dijo Van-Horn, palideciendo—. Esto es una señal; no me equivoco.

—¿Se acercarán los salvajes?—preguntó el joven, levantándose con rapidez.

—¡Silencio!

—¿Habéis oído algo?

—Mirad allí, junto a las hornillas. ¿Veis algo?

—Sí, descubro una sombra negra. La noche está obscura; pero la veo moverse.