—¿La caldera?

—¡Ah, sí! Olvidaba que vosotros no sabéis aún lo que es la pesca del trépang. Todavía sois marinos de agua dulce.

—¡Tío!...—exclamaron los dos jóvenes en tono de reproche.

—Pero pronto seréis verdaderos marinos ¡qué diablo! No se improvisan en un día los lobos de mar.

—Es cierto.

—¡Eh, Van-Horn! gobierna hacia aquella punta. ¿La ves?—gritó el comandante.

Un viejo marinero, de barba blanca, piel bronceada y curtida por el sol y los vientos de los mares tropicales, y que empuñaba la caña del timón, dijo:

—La veo, Capitán. Aunque tengo sesenta años, aún conservo la vista.

El junco, que seguía costeando lentamente la aguda península que se extiende entre el mar de Coral y el golfo de Carpentaria, y que se prolonga por los bajofondos del estrecho de Torres, puso la proa hacia un promontorio peñascoso, que parecía proteger una profunda ensenada.

Aquella costa, que el comandante seguía examinando con gran atención, parecía desierta. Se prolongaba hacia el Este con profundas escarpaduras y peñas enormes que parecían descansar sobre los escollos coralinos casi a flor de agua. No se descubría vegetación alguna en aquellas playas; pero a lo lejos se veían algunos grupos de los árboles llamados eucaliptos rostrados, verdaderos gigantes vegetales, pues suelen alcanzar hasta ciento cincuenta metros de altura; pero que no dan sombra alguna, porque sus largas hojas obscuras se presentan siempre de canto al sol.