De pronto, los antropófagos se detuvieron en su formidable asalto. Los que llegaron primero a los depósitos de trépang, al pisar con los pies desnudos sobre los vidrios, se echaron atrás, dando alaridos. Algunos, que cayeron entre los pedazos de botellas, que les cortaban las carnes, se retorcían desesperadamente, regando el terreno de sangre. Los otros, espantados y no sabiendo de qué peligro se trataba, se detuvieron también vacilantes, hasta que, al fin, optaron por volver las espaldas y huir hacia las peñas.

Una doble descarga de las lantacas y los fusiles apresuró su retirada, y en breve desaparecieron todos por la vertiente opuesta.

—¡Bravo, valientes muchachos!—gritó Van-Stael—. Es una lección que no olvidarán en mucho tiempo. ¡A los depósitos de trépang, amigos míos! Veo algunos indígenas moverse por allí.

Se lanzó hacia las tiendas, entre las cuales se revolcaban algunos australianos en las últimas convulsiones de la agonía; y cuando estuvo cerca dió un grito de furor.

—¡Oh!... ¡Miserables!

—¿Qué pasa, tío?—preguntaron Hans y Cornelio, que habían acudido a la exclamación de Van-Stael.

—¡Que estamos arruinados, hijos míos!

—¿Han saqueado los depósitos?

—Peor que eso. Nos han imposibilitado para pescar más, pues han robado las calderas, y no tenemos otras.

—¡Las calderas!—exclamó Cornelio.