VI.—LA ORGÍA DE LA TRIPULACIÓN
ERA inútil pensar en seguir pescando mientras no volvieran a su poder las pailas para la preparación del trépang. Cierto es que hubieran podido secar al sol los moluscos; pero esta operación requería mucho tiempo, y no podían disponer de él a causa de la hostilidad constante de los salvajes.
Como había observado el piloto, no era probable que los australianos hubieran transportado muy lejos las pailas, tanto por su peso, relativamente grande, como por su ninguna utilidad para ellos. No podían, con todo, los pescadores perder el tiempo; porque si los fugitivos llegaban a los bosques de eucaliptos sin abandonar su presa, no les quedaba otro recurso al Capitán y los suyos que levar anclas y desplegar las velas, abandonando aquella bahía tan rica en olutarias.
Van-Stael se lanzó a todo correr por una de las gargantas de las rocas, seguido del piloto, de Cornelio y de Hans. Aunque aquel paso era áspero y difícil, lo atravesaron en pocos minutos y bajaron a la llanura.
La obscuridad era tan completa, que no podían distinguir los grupos de caníbales, aunque oían muy bien su salvaje clamoreo, alejándose hacia el Este, en dirección de la colina y el bosque.
—No están a más de una milla de aquí—dijo el Capitán, después de escuchar con atención un rato.
—Tratan de llegar al bosque—dijo Cornelio.
—¿Está lejos?—preguntó Van-Horn.
—Seis o siete millas.
—Hay que darse prisa, Capitán. Ya sabéis que los australianos son buenos andarines.