—¡Adelante!—repetía Van-Stael, que trataba de adelantar camino—. Pronto llegaremos al campamento, y, una vez allí, podremos refugiarnos en el junco.

El peso de la caldera les impedía caminar con rapidez; por otra parte, el terreno, pedregoso y cubierto de malezas, les obligaba a dar rodeos, haciéndoles perder un tiempo precioso.

Estaban ya a mil quinientos pasos de la cadena de peñas que limitaban la bahía, cuando los australianos, que hasta entonces los habían seguido andando a gatas, se pusieron en pie. ¿Se habían ya dado cuenta del exiguo número de sus enemigos y se decidían a asaltarlos?

—¡Hans! ¡Cornelio!—exclamó Van-Stael—. ¡Estad muy prevenidos!

Dos tiros de fusil le respondieron. Los dos valientes jóvenes habían comenzado el fuego, y sus balas debieron de hacer blanco, porque a los disparos siguieron rabiosos alaridos y gritos de dolor.

—¡Huíd!—gritó Van-Stael.

—Aún no, tío—dijo Cornelio—. Tira al centro de las filas, Hans, y no desperdicies las balas.

—Están sólo a cien pasos, y los veo muy bien, Cornelio.

—¡Fuego, pues!

Un momento después resonaron otros dos disparos. Los alaridos de los australianos les hicieron ver que también habían acertado en su puntería, poniendo a dos enemigos más fuera de combate.