Van-Stael se acercó al joven pescador chino y sacudiéndole vigorosamente le dijo apretando los dientes:

—¡Canalla! ¿Qué habéis hecho durante nuestra ausencia? ¿No os bastaba con saquear la despensa de los víveres y la de mi camarote, sino que aun queríais que naufragara el buque?

—No, señor—respondió el chino—. Ninguno de nosotros ha cortado la cadena. Lo juro por Buddha y Confucio.

—¿Estás seguro, Lu-Hang?

—Sí, Capitán. Yo estaba en el puente cuando mis compatriotas tuvieron la desdichada idea de embriagarse con vuestro sciam-sciú, y no vi a ninguno romper las cadenas.

—¿Y quién supones entonces que pueda haber sido?

—No lo sé, señor.

A poco el Capitán se dió un golpe en la frente y lanzó un grito.

—¡Van-Horn!—exclamó.

—¡Señor!