—Sí, y mucho más poderosa que la de la Luna sobre la Tierra, porque la Tierra es mucho mayor que la Luna. Los movimientos que produciría la Tierra en la masa de la Luna cuando estaba, como se supone que estuvo alguna vez, en estado líquido, tenían que ser enormes.

—¡Capitán!—gritó en aquel instante Van-Horn—. Se oyen crujidos en la carena.

—¡Buena señal!—exclamó Van-Stael levantándose apresuradamente—. Aprovechemos estos momentos en que tenemos buena brisa del Este para desplegar las velas.

Los dos jóvenes, el piloto y el chino treparon por las escalas de cuerda y fueron desplegando las velas.

Los salvajes, al notar aquellas maniobras, presumieron que los blancos se preparaban a abandonar la bahía y acudieron a la playa dando furiosos gritos y blandiendo las armas.

Algunos, más audaces, se arrojaron al agua, mientras los otros saltaban hasta los extremos de la escollera; pero un disparo de la lantaca hizo caer a tres o cuatro, refrenando el ardor de los demás.

—¡Preparad la cuerda del ancla!—gritó el Capitán a Van-Horn y al chino—. ¿Sigue la otra a babor?

—Siempre, señor—contestó el piloto.

—¿Crees que resistirá?

—Confío en ello, Capitán.