No parecía que la produjera un incendio, como el joven había supuesto; pero tampoco era fácil adivinar su verdadera causa. Parecía como una niebla luminosa con reflejos dorados y plateados. Por debajo de ella se veían moverse unos cuerpos extraños, que parecían de plata fundida, veteados de un verde pálido y con estrías de púrpura.
—¿Qué ocurre allí?—preguntaron Hans y Cornelio.
—Se diría que el mar llamea—dijo Van-Horn, que se había levantado, aunque sin abandonar el timón.
—¿Ocurrirá algún fenómeno desconocido de nosotros?—preguntó el Capitán.
—O que esté ardiendo alguna selva cerca de la costa—opinó Cornelio.
—Se verían llamas—objetó el Capitán—. Además, con este viento impetuoso las chispas se elevarían a gran altura, y ahí no las hay.
—¿Será acaso alguna erupción volcánica?
—No hay ningún volcán en estas costas, Cornelio.
—Además—dijo Van-Horn—, se vería la luz a cierta altura, y esa que vemos está a flor de agua.
—Como que parece que se trata de ondas luminosas—dijo el Capitán, después de observar con mayor atención—. Mira, Horn, cómo se mueven, se levantan, bajan y corren.