—Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos.

—¿De cuándo acá eres médico?

—El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo.

—Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú?

—Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún amigo como ellos, mamá.

—Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te vayas así y a que cargues con esa responsabilidad.

—¿Que me vaya cómo?

—Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?—dijo la señora quitándose los anteojos con que cosía.

—Dos o tres meses.

—¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes obligaciones a que «antes» no habrías faltado.