Anastasio llegó hasta cerca de la puerta y oyó estas palabras, dichas entre dientes como en un rezongo:

—Abrí, te digo, soy yo.

La puerta se abrió y un relámpago de celos precedió a un relámpago de fuego: Anastasio había descargado su formidable trabuco sobre un salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos.

—¿Y hace mucho tiempo?—preguntó Ricardo.

—¿Qué hará?... irá para tres años... ¿no, don Melchor?

—Por ahí, Baldomero; yo no me acuerdo bien.

—Pero él se acuerda bien—moduló Ricardo como hablando consigo mismo;—él se acuerda... ¡pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin consuelo...

—¿Y doña Ramona?... Ché, Ricardo—le interrumpió Melchor, repitiéndole al golpearle cariñosamente el muslo y mirándole fijo en sus ojos como para subrayar la intención de la frase:—¿Y doña Ramona?... ¿No es un consuelo?...

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Iba cayendo la tarde... El sol parecía hundirse entre montañas de nubes que él mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos rojos.