—¿Él? ¡él es el primero en alentarme!
—¡Hum!—moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de nuevo los anteojos:—¡En fin!...
—Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que reniegues de tu propia obra!
—¿Qué obra?
—¡Haberme hecho como soy!
—Sí... mucho...
—¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?... ¡Mírame!—dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:—bueno, ahora hay que preparar todo.
—¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...—entró gritando desaforadamente su hermanita menor:—¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo!
—Que lo pongan en mi cuarto, nena.
—¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!—repetía la nena hondamente impresionada ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y contemplado escrupulosamente por toda la familia.