—No importa—replicó Ricardo;—yo no puedo pasarme sin los diarios.
—¡Pero si los teníamos!
—Bueno, déjalo—dijo Melchor, en tono de broma,—cada loco con su tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?
—Todo, sí, señor—contestó Rufino.
—Ché, ¿y las boletas?
—Aquí están, niño.
—¡Bueno, andando!—dijo Melchor.
El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.
—Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir más cómodos.
—¿Y tú?