—¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!—gritó Melchor desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que los muchachos paseaban a morral:

—¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el «malacara»...

—Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye.

—¡Quién dice que juega al «ruano»?

—¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal» pasto!...

—Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que va, ¡si es que recula!

—No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él—dijo don Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las rodillas.

Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:—No se mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...

Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez.

—¡A ver—gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,—si echan reses a la playa!