—Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.

—¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral?

—Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.

—La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar.

—¿Cuáles serían?...

—En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales... ¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...!

—Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.

—¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos los tuyos...

—¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe?

—La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas o no? A esto he venido... por última vez...