—Corramos.
—No, no temáis —interpuso el tutor pasando, para detenerlos, de la amenaza a la súplica—. Una voladura acabaría con todos, y yo no quiero que ella muera. Respetaré sus días. Pero vosotros —añadió dirigiéndose a los militares y a la emperatriz, y volviendo a la exaltación con más fuerza que nunca— preparaos a sufrir mi venganza. Sois el obstáculo de mi dicha y os exterminaré a fin de realizar mis designios, aunque para llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de sangre. ¡Ah! ¡Ya sé cómo!...
Y así diciendo traspuso la puerta y se dirigió frenético a la cala. Sus compañeros, recelando no sin razón algún inminente peligro, corrieron tras él con intención de detenerle.
Luis, capitaneando a los suyos, fue el primero en llegar a la bodega; pero el doctor, que acariciando su plan se había ocultado capciosamente, apenas vio a los hijos de Marte y a su sobrino en medio de la estancia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diecisiete héroes desaparecieron en el espacio entre los gritos de las enamoradas doncellas y de Benjamín, que al ir en su seguimiento solo alcanzaron a ser testigos de tan horrorosa catástrofe.
—¡Salvémonos! —fue la voz general, sin que nadie pensara en desmayarse ante la gravedad de las circunstancias. Y todos se abalanzaron a la escalera; pero Benjamín, apercibiéndose de que don Sindulfo trataba de cortarles el paso subiendo por otra escala espiral que había en el fondo, aconsejó a las tres cadavéricas mujeres que le esperasen allí; y trepando como un gamo por los salientes de la maquinaria, se introdujo por la claraboya del techo en el laboratorio, paró en seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el aislador, descendió por el mismo conducto y, abriendo la puerta, abandonó con sus compañeras de infortunio aquel lugar de muerte antes de que el loco se apercibiera de su fuga.
La suerte les favorecía en medio de tantas contrariedades. Habían arribado a Pompeya.