—¡Panem et circenses!...
El prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de legalidad su propia obra, presentóse en la puerta de palacio, rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido de seis lictores que vestidos con el sagum descansaban los fasces sobre el hombro izquierdo mientras con la virga en la opuesta mano separaban los grupos:
—Al foro, dijo —y tomó el camino de las asambleas generales seguido de la multitud que tras él continuaba vociferando:
—¡Panem et circenses!...
En aquel santuario de la opinión pública, una representación verbal le fue elevada en nombre de todos los ciudadanos de Pompeya.
—¿Sabéis —arguyó— que las leyes lo prohíben?
—Entiende tú —repuso el tribuno que llevaba la voz— que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del templo de Jano.
—¡No más quadriga!...
—No más disco.
—¡Luchadores!... —fue el grito unánime.