El terror fue general.
—Yo soy inocente —aducía Clara.
—Respetad a la emperatriz —ordenaba Sun-ché en chino.
—¡Prenda usted a ese, señor guindilla! —balbuceaba la maritornes señalando al tutor.
Pero como los gritos fuesen en aumento, les aplicaron unas mordazas y maniatados los condujeron a la presencia del prefecto que en desenfrenada orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable a la causa de Domiciano.
—¡Piedad! —articularon todos, libertados de sus ligaduras y cayendo a los pies del ebrio senador.
—No le excitéis con vuestros ayes —observó el políglota—. Reparad que no entiende más que el latín.
—Pues bien: In nomine Domini nostri Jesu-Cristi —dijo Juanita muerta de miedo y recordando la salutación con que el cura de su lugar daba los buenos días a sus feligreses.
—¿Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de Galilea? —rugió el prefecto pudiendo apenas mantenerse en equilibrio.