—El pueblo tendrá bestiarios: la paz de Pompeya queda por ahora asegurada.

Y en efecto; unas horas después, al resplandor del sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrentados por la penosa ascensión del Vesubio rodaba a los profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras del anfiteatro para servir de pasto a las fieras y de diversión a la más soez de las plebes.


CAPÍTULO XVIII

«Sic transit gloria mundi»

No me detengo a describir el anfiteatro porque, exceptuando los ciegos de nacimiento, todos en España han visto una plaza de toros, con la que aquel guarda una completa analogía. Baste saber que los veinte mil espectadores, de que era capaz el de Pompeya, invadieron desde muy temprano aquel día los asientos que los locarios les designaban en los cunei o secciones previamente dispuestas por los designatores o maestros de ceremonias, según el rango y circunstancias de cada uno.

El podium, que era como si dijéramos la meseta del toril con gradines y extendiéndose por todo el círculo de la plaza, estaba destinado a los funcionarios de alta jerarquía. En él campeaba el cubiculum o palco del prefecto, a imitación del suggestum o trono del emperador en Roma, cubierto con un dosel a manera de pabellón; distintivo que, aunque menos suntuoso, ostentaban asimismo las localidades accidentalmente ocupadas por una vestal, un senador o algún enviado de las naciones extranjeras.