Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y de la vida que en él has de llevar, pasemos a lo que podrás ver, si te da la ocurrencia de venir a hacerme una visita; para lo cual principias por gastarte dos mil francos para meterte como un libro en el estante de una biblioteca; y una vez encasillado, si el mareo no te vuelve tísico, o la diferencia de climas no te mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te impele a suicidarte, ya estás seguro de que a menos de que la máquina estalle, o se declare una manga de agua que sumerja el buque, o que haya un incendio a bordo, o que otro barco aborde el tuyo, o que un error de cálculo en una noche oscura te haga estrellar contra una roca, o que el mistral te quiera guardar en el Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullirte en el Océano Índico o devorarte un tifón en el mar de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y salvo a Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus playas: «Me separan de mi casa treinta y ocho días de mar y tres de tierra, descompuestos en tres mil leguas de veinte al grado. Aquí son las ocho de la noche y en mi patria apenas si será medio día: me hallo en pleno Celeste Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al mundo: escribiré mi llegada a la familia y antes de tres meses tendré la contestación, si la manda a correo seguido.»

Créeme, llévate pañuelo, porque si no tendrías que secarte más de una lágrima con el dorso de la mano.

En fin, no pensemos más en ello; el comandante sobre el puente, grita con voz de trueno: «Larguez tout: en avant», y las amarras se divorcian de los bitones.

Partamos.


Macao, 8 de octubre de 1878.

Querido amigo: No me exijas que entre en un análisis profundo de las cosas que vamos a ver. Recuerdo aún la sorpresa que me produjo siendo niño, y ya empieza a ser larga la fecha, el primer prestidigitador que admiré en un teatro, y el desengaño que experimenté cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo las cajas; y desde entonces, siempre que puedo, me limito a la superficie, sin meterme en honduras, convencido de que la ilusión es más bella que la realidad.

Te convido, pues, a una función de fantasmagoría sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo, no serán de trascendencia, puesto que no trato de producir enseñanza.