Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los chinos deben creer que todo pende del bambú; porque después de lo que dejo colgado, aún faltan unos centenares de cajones con veinte o treinta figuras de medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de los dramas y entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de los personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el sable que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según él, era de buena verdad... de carne.
Las calles están cortadas a trechos por arcos de triunfo colgantes; pues son sin pies, no tienen más que un cornisamento y un gran friso, se estriban en las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco parece el puente de los Suspiros en Venecia.
Todas las fachadas de las casas están literalmente cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de algunos metros con figurillas hacinadas del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas, otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda con su altar en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comestibles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si es chino) con sus chirriantes ecos, o un juglar luce sus habilidades sobre un estrado.
Pero donde está la verdadera maravilla es en el pabellón principal; vasto recinto, colosal nave formando la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos visto, está centuplicado en profusión y en riqueza. ¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes o donantes, músicos, un teatro en el fondo con representación permanente y quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan en las calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos de plantas y son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento ébano guardando todas las proporciones debidas en sus microscópicos detalles. Un arbusto que más allá simula un león hecho con astas de venado, es una raíz que a fuerza de mutilaciones, injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella forma en un transcurso de doscientos años tal vez, y con el concurso de seis o siete generaciones. Lo mismo digo del carácter chino que está a su lado; con la apariencia de una rama de boj recortado recientemente para aquella circunstancia, es no obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde hace siglos para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un emperador o de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para qué consignarlo.
La calle termina por un inmenso altar a cada lado, defendido por dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los telamones del orden atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante arde todo un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras preciosas; todo está allí hacinado, como si la mano de un Pluto invisible hubiera removido las entrañas del universo para hacer ante la humanidad el inventario de su riqueza.
Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos suele ir por dentro; pero en el presente va por todas partes, porque es de rigor que pase por la casa de cuantos a ella han contribuido. No se extrañará por lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de marcha, con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres días consecutivos.
Relatar todo lo que va en ella y por su turno correspondiente, es tarea superior a mi asendereada memoria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que el traje más modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asistentes, y que no hay medio de contar las banderas monumentales de raso recamado de oro, los estandartes de sedas flojas, los parasoles de plumas de pavo real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infinito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza como por su antigüedad o mérito artístico.
Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón de los dos figurines, que dan la norma en esta especial indumentaria.
Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradicional zapato de galera bordado; media blanca con polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de lo, color de plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero tártaro de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable abanico de plumas de cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da el aspecto de una cola de palomo.
Todos llevan su correspondiente culi o criado portador del banquillo para reposarse en las paradas.