La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pocilga en la que pasan feliz existencia cinco o seis ejemplares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente, encierra un culto simbólico; pues parece ser que, según la metempsicosis, el hombre que transmigra a aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos; y tiene la seguridad de recobrar pronto su condición primitiva, visto que la vida del marrano no excede por lo común de doce meses. Constituye, en una palabra, una dosis de purgatorio a su manera, tanto más pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse las mantecas del pecador.

La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya mas que de mirador, en gracia de su altura, y fue cuartel general del ejército de ocupación.

El ritual del culto de Buda, cuya religión tiene tantos puntos de contacto con el cristianismo, se parece bastante al ceremonial católico. El oficiante junta las manos sobre el pecho, como nuestros sacerdotes, con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos; y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse copiadas de nuestra liturgia.

Jamás olvidaré la impresión que me produjo un servicio fúnebre a que asistí en Macao con motivo del entierro más suntuoso que registran los fastos chinos. Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues en los cien días que se conservó el cadáver en la casa y que, según el budismo, es el tiempo que el alma anda errante hasta ocupar su puesto en la región de los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos acudieron a rendir el último tributo al finado, fueron mantenidos, incluso de opio, a expensas del hijo primogénito. Sin detenerme a describir las maravillas de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura habían intervenido tres o cuatro generaciones para ir conduciendo los tallos hasta formar con las robustas ramas caracteres, figuras y símbolos; de objetos de papel para quemar ante la tumba que se confundían con el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la narración de los tres meses de ceremonias religiosas, en las que tomaron parte sesenta bonzos y dos obispos o jefes de comunidad, referiré a la ligera la que tuvo efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, aislada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones contiguas. En la interior y bajo unos arcos de ramaje de una transparencia cristalina, profusamente iluminados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y oro y apoyados en una fauna simbólica, se mantenían en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en aquellas difíciles posiciones! ¡Qué inercia y qué absorción en aquella actitud contemplativa! Era preciso detenerse media hora ante aquellas estatuas animadas, para sorprender una ligera oscilación que acusase un soplo de vida en su marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las seis de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza vecina, atestada de relicarios gigantescos de filigrana, revestida de paños bordados, en que el oro entraba por arrobas, e iluminada profusamente, veíanse unas mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de orden menor, cubiertos de unas hopalandas oscuras y ceñidos de unas fajas y bandas de diversos colores, según la comunidad a que pertenecían. En las tres del fondo estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono de nubes pendiente del techo, yacía recostado un obispo en el mismo arrobamiento que sus otros compañeros de reposo; si bien acompañado de dos harapientos culis, que con sendos abanicos, le refrescaban la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se acumulaban las emanaciones del aceite de las luminarias y la respiración, a menudo ruidosa, de sus colegas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más o menos mugre, distribuían té a los religiosos. Preces, invocaciones, purificación de la morada por el fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzaina, formaron la parte esencial de la ceremonia. Por fin, el oficiante principal se puso en pie detrás de su mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los ojos al cielo, blandió dos campanillas y se puso a comunicar con el muerto.

Después del Dies iræ del catolicismo, no conozco nada más sublime que ese coloquio de la religión con el pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra; pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre que, ora simulan el terror del alma puesta al borde del abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfacción y la gratitud del espíritu arrancado de repente a la condenación, por las plegarias de los vivos; o bien, por último, evaporándose en una imperceptible noción del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por las regiones etéreas, para volar a fundirse en Dios, principio y germen de todo lo creado, de quien era partícula y a cuyo todo se restituye! Es un pasmo de ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia, pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien aquel día suele ser siempre nefasto, responde que su alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán hasta que doten con una fuente en que naden peces de colores a tal convento, o hagan a cual otro los donativos que sus riquezas le permitan; de modo que el estómago se apodera de la sublimidad de la concepción, y toda la grandeza del espíritu se desvanece entre la gente bonza, ante una solución gástrica de refectorio.

Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras sobre la Catedral erigida en el centro del barrio tártaro. De orden gótico, está tallada en duro granito y recuerda la de Amiens. Carece aún de pavimento, de ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van invertidos en ella ocho millones de francos, producto de donaciones y limosnas. Su diócesis alcanzará a veinte personas; sin embargo, al verla ostentar su inmensa nave en medio de millón y medio de gentiles, diríase que ha sido construida en la previsión de que pueda servir para millón y medio de católicos. Todo es de esperar de nuestras intrépidas misiones.


CANTÓN
III

En la parte opuesta del río, llamado Honam, hay unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin verlo todo; pero no porque merezca la pena de perniquebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano reflejar nuestra imagen en el impuro seno de unas charcas cenagosas. La flora es rica, pero descuidada; y como esta excursión no es científica, suprimo por inoportuno lo que habla a la inteligencia y callo por inexistente lo que halaga los sentidos. No saldremos, sin embargo, de allí sin entonar un himno de asombro a la camelia de Cantón, rarísima variedad, que solo florece de dos en dos años y cuya forma es una verdadera maravilla. Redúcese a una estrella de varias puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de pétalos sobremontados, que disminuyen hacia las extremidades con una simetría y proporción geométricas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida, doblan sus bordes hacia fuera, presentando una fimbria de matiz más fuerte, que dan a la flor, como dejo dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con círculos concéntricos festoneados de rojo.

No salgamos del slipper boat, toda vez que nos hallamos en el río; y desafiando su impetuosa corriente, dirijámonos de nuevo a las márgenes de la ciudad china, en busca de los tan afamados botes de flores, donde los celestiales comparten los placeres nocturnos con los teatros y los culaus; bodegones sobre los que vale más callarse, y espectáculos de que es preferible no volver a decir una palabra.