¿Qué ocurría en París? Hay que ser justos. Ese pueblo que así se admira a sí propio colocando sus medianías sobre pedestales para que el mundo los tome por genios, como se divierte consigo mismo caricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmovía esta vez con sobrada razón. La ciencia acababa de dar un paso que iba a cambiar radicalmente la manera de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces oscuro y español por añadidura, venía a borrar con los fulgores de su brillantez el recuerdo de las primeras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué había hecho Fulton? Aplicar a la locomoción marítima los experimentos de Watt o de Papin a fin de que los buques caminasen con mayor rapidez venciendo más fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza impulsiva; pero salir en lunes de un puerto para llegar en martes a otro en que antes, a la vela y viento en popa, no hubiera sido posible fondear hasta el sábado, no puede decirse que fuera ganar tiempo sino perder menos a lo sumo. Stephenson, inventando la locomotora, le hacía devorar espacio sobre dos nervios de metal; pero recorrer mayor distancia en menos minutos era siempre ir en busca del mañana por la senda del hoy. Lo mismo digo de Morse: transmitir el pensamiento por un alambre merced a un agente eléctrico, no destruye el que, aunque el fluido sea capaz de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo en un segundo, la idea tarde en volver a su punto de partida en cada revolución sobre la línea equinoccial la duocentésimo-cuadragésima parte de un minuto. Es decir que el resultado es fatalmente posterior en la noción del tiempo. Además, el no poderse prescindir de los conductores hace gráfica la definición que del telégrafo eléctrico daba en esta forma un individuo: «Perro muy largo al que se tira de la cola en Madrid y ladra en Moscú.»

Las hipótesis del famoso Julio Verne tenidas por maravillosas, eran verdaderos juguetes de niño ante la magnitud del invento real del modesto zaragozano vecino de la Corte de las Españas. Bajar al centro de la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde verificar el descenso; imitar a los habitantes de Ergasteria que muchos siglos antes de la era cristiana, ya penetraron en los abismos del Laurium para desenterrar el plomo argentífero. El trayecto era más corto; pero la carretera la misma. Navegar en los aires por la ingeniosa teoría del soplete, no ofrece otra ventaja que reducir la dirección a la voluntad del aereonauta suprimiendo la maroma con que en la batalla de Fleurus hacía transportar Jourdan los Montgolfier para descubrir la posición del enemigo. Ir al polo esperando el deshielo es obra de pura paciencia; copia servil aunque sabia de esas personas que, para hacer compras en un almacén, aguardan a que la tienda esté en liquidación. Por lo que al Nautilus respecta, mucho antes que Verne ya había hecho una prueba felicísima con el Ictíneo nuestro compatriota Monturiol. Para relatarnos lo que existe en el fondo de los mares basta reunir un congreso de buzos. Y sobre todo (perdón si me repito) que arrancar en lunes del terreno de aluvión para llegar en martes al eoceno, en miércoles al permeano y concluir la semana en el mar de fuego; trasladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por la vía aérea; o alcanzar por la submarina el fin de un viaje más tarde o más temprano, pero siempre después, encierra una idea de posterioridad que hace monótona la misión de la ciencia, corriendo invariablemente tras el mañana como si el ayer le fuese conocido.

El mundo es la casa de la humanidad, cuyos habitantes al irse multiplicando, van añadiendo pisos a la fábrica con el fin de estar con más holgura; pero sin cuidarse de estudiar los cimientos del edificio, para cerciorarse de que podrá resistir el peso abrumador que le echan encima. Cuando tan desfigurado vemos media hora después el hecho de que hemos sido testigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciegamente en los relatos que la historia nos hace de los tiempos primitivos sobre los que fundamos nuestra conducta por venir? Si por una serie de deducciones Boucher de Perthes creyó probar la existencia del hombre fósil, ¿no es posible que el fémur que él tomó por humano perteneciera en la escala zoológica a algún congénere de la montura del escudero de don Quijote? El pasado nos es absolutamente desconocido. Las ciencias retrospectivas al estudiarlo, proceden casi por inducción, y mientras no tengamos conciencia del ayer, es inútil que divaguemos sobre el mañana. Antes que ir a la negación por las hipótesis del futuro, aprendamos a creer en Dios tocando de cerca los maravillosos orígenes de su colosal obra de arquitectura.

Tales eran los principios filosóficos del doctor en ciencias exactas, físicas y naturales don Sindulfo García, y su aplicación el espectáculo a que aquel pueblo, ávido de emociones, concurría en masa con la ansiedad y la duda que necesariamente debía despertar en él lo que, a pesar de llamarse París el cerebro del mundo, no cabía en su cabeza.

—Pero, diga usted, señor capitán —preguntaba a uno de húsares de Pavía un caballero que con diecinueve individuos más se dirigía en ómnibus al sitio de la experiencia—. Usted como español debe estar enterado del mecanismo del Anacronópete.

—Dispense usted —respondió el interpelado—: Yo sé batirme contra los enemigos de mi patria; ser comedido con los hombres, galante con las señoras; conozco la disciplina, la táctica y la estrategia; pero en punto a navegar por el aire solo he aprendido a ser manteado en el colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta para abastecer a mis condiscípulos.

—Con todo —insistía el preguntón—. A mí se me figura que en calidad de compatriota del sabio inventor del aparato, debe usted poseer nociones más exactas de él que un extranjero.

—Me honro con el título de español y soy además sobrino del señor García; pero no tengo más luces sobre el asunto que cualquier otro.

La noticia del parentesco del capitán con el coloso científico, redobló la curiosidad de los viajeros, que empezaron a querer encontrar en él huellas de su tío, como en las desiertas llanuras de Maratón o entre los viñedos de los campos cataláunicos buscamos las pisadas de Milcíades o el casco del corcel de Atila. Las mujeres preguntaban si don Sindulfo era casado; los hombres si tenía alguna condecoración, y todos si era pariente de Frascuelo.

—Pero, en resumidas cuentas, ¿qué se propone? —decía uno.