—En efecto —dijo Hien-ti con una sonrisa de incredulidad—. Si la cosa es como aseguras, bien merece tomarse en cuenta. Haznos admirar esas maravillas de la civilización.

Benjamín no se hizo repetir la orden; y, echando mano a un saquito de noche que a prevención llevaba provisto de multitud de zarandajas, empezó a vaciarlo con el orgullo de un hijo del siglo XIX que, engreído con las conquistas de su época, cree poder burlarse impunemente de sus antecesores, a quienes, después de todo, debe la base de unos conocimientos que él no ha hecho las más veces sino perfeccionar.

—Aquí tenéis —dijo exhibiéndolo con paternal solicitud— un vaso de bronce, imitación del ánfora griega. Sustancia fusible desconocida en vuestro imperio, cuyas aplicaciones os será grato saber.

—Poco a poco —replicó el emperador cortándole el discurso y llevando a Benjamín a una puerta, ante cuyas antas se erguían dos colosales jarrones del mismo metal.

—¡Cómo! —preguntó el políglota aturdido—. ¿No solo tenéis idea de la fusión sino que sabéis aplicarla a trabajos artísticos monumentales?

Hien-ti no pudo reprimir una carcajada; y poniendo el dedo sobre unos caracteres chinos que por los adornos corrían:

—Lee aquí —añadió.

El atribulado viajero dio un paso atrás, producido por el asombro, al ver sobre el cuello del vaso esta máxima: A fin de mejorar tu condición purifícate cada día; lema perteneciente a todos los enseres del uso del emperador Chang fundador de la segunda dinastía, y de cuya autenticidad no dejaba duda el sello de su reinado que campeaba en el centro.

—Señores —gritó Benjamín dirigiéndose a los suyos—. Estos jarrones han sido fundidos en el año 1766 antes de la era cristiana.

—De modo —interpuso el tutor— que según nuestra cuenta, tienen de existencia casi treinta y seis siglos y medio.