Los presidentes de la república, de los cuerpos colegisladores y del gabinete; el cuerpo diplomático, las comisiones de los institutos y academias, de las corporaciones sabias y del ejército alternaban, luciendo sus uniformes sembrados de placas y cintas, con el modesto sacerdote sin más cruz que la del Gólgota destacada sobre el fondo negro o morado de su túnica talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en Francia raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con vergüenza su condición civil entre océanos de seda, cascadas de blondas, montes de brillantes y nubes de cabellos, negras unas como de tempestad, rubias otras como estratos heridos por el sol poniente y casi ninguna del color que anuncia la nieve en el invierno de la vida: que mujer y vieja va siendo ya cosa incompatible en la patria de Violet y de Pinaud.

Por fin sonó la hora: una ondulación de curiosidad vibró en el recinto y la puerta, abierta de par en par por dos ujieres, dio paso a la comisión científica, a la derecha de cuyo presidente caminaba el héroe con la modestia propia del talento impresa en el semblante. Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio parecía de barba de sainete. Su apellido no estaba ligado por ninguna partícula a esas hojas patronímicas que, como Paredes, o Córdoba, prestan frondosidad a los árboles genealógicos e impiden la falta de respeto con que un vástago ilustre de los García, la Malibrán, es nombrada en el mundo del arte cual pudiera serlo la Bernaola en el de los criminales célebres. Llevaba sus cincuenta años, no con el soberbio orgullo del titán aportando la piedra para escalar el cielo, sino con la resignación del mozo de cordel que transporta un baúl. Pequeñito, con sus guedejas lisas y en correcta formación, el traje muy cepilladito y como colgado de su armazón de huesos, tenía una de esas caras que parecen hechas bajo la influencia del nombre del que las ha de ostentar. En suma, era digno de llamarse D. Sindulfo García y merecedor del apodo de Pichichi que su criada le había puesto por sambenito. Tal era la envoltura que la sabiduría eligiera para asombrar al mundo probando una vez más que bajo una mala capa se esconde un buen bebedor.

La comisión tomó asiento debajo del órgano monumental; el presidente agitó una campanilla de plata, la sesión quedó abierta, y el inventor del Anacronópete pasó a ocupar la tribuna a través de una tempestad de aplausos que apagó, no su voz harto débil e insonora, sino el movimiento de sus labios que hizo comprender a la multitud que había pronunciado el sacramental «señores» comienzo de todo discurso.

Restablecido el silencio, el héroe se expresó de esta manera:

—Seré breve porque cuantas más horas consuma más alargo la distancia que me separa del ayer a donde me dirijo. Seré vulgar, porque, sancionadas mis teorías por el mundo sabio, solo me resta hacerme comprender de todos. Ello no obstante contestaré a cuantas objeciones se me hagan. Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el tiempo, no para detener el continuo movimiento de avance de la vida, sino para deshacer su obra y acercarnos más a Dios encaminándonos a los orígenes del planeta que habitamos. Pero para explicar cómo se deshace el tiempo, es preciso que antes sepamos de qué se compone este. Procedamos con orden. Dios hizo el cielo y la tierra: aquel oscuro; esta en la forma caótica. Después dijo:—«Sea hecha la luz»—y la luz quedó hecha. Tenemos pues al Sol flotando en la bóveda celeste y al orbe suspendido en el espacio por la atracción solar. Cualquiera sabe, desde que Galileo demostró el principio de la rotación de la esfera, que el mundo se mueve; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía, es por qué la tierra al girar verifica su movimiento de occidente a oriente en vez de hacerlo a la inversa; y esto es lo que yo voy a exponer como base de mi sistema anacronopético.

El auditorio dejó escapar un murmullo de satisfacción, y el sabio continuó de este modo su conferencia:

—La Tierra en un principio estaba sumida en el caos; era una inmensa bola de fuego que, como todo cuerpo incandescente, exhalaba esos vapores que conocemos con el nombre de irradiación. Fija en su eje, pues como obra acabada de crear no había empezado aún las revoluciones que el Hacedor le impuso, su calor era infinitamente más intenso por Oriente en virtud de la influencia del sol que constantemente la estaba bañando por aquella parte. Los que hayan visto fundirse en una marmita sustancias bituminosas habrán observado la enorme cantidad de vapor que se desprende de ellas. Figúrese por lo tanto el que despediría la fusión de un esferoide cuyo volumen es de mil setenta y nueve millones de miriámetros cúbicos. El más lego concibe que semejantes evaporaciones no podían tener lugar sin que cada desprendimiento fuese acompañado de un estampido y de una convulsión. Ahora bien, si al dispararse un cañonazo, la repercusión hace que el cañón retroceda, cada descarga de la irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la esfera terráquea. Y como las descargas se repetían con más frecuencia e intensidad por la parte Oriente del planeta en razón del mayor calórico que el sol le suministraba, los repetidos retrocesos originados hacia aquel lado por las constantes sacudidas dieron por resultado la rotación del esferoide sobre su eje, en la dirección de Poniente a Levante, sabiamente prevista por la Providencia para la periódica sucesión de los días y las noches, y tan duradera como a su omnipotente arbitrio plazca que sea el fuego central que le sirve de motor.

Un prolongado hurra acogió esta teoría tan nueva como atrevida e inesperada. El doctor sin humedecerse la boca—lo que no dejó de llamar la atención de los oyentes, acostumbrados a ver a sus oradores hacer siempre uso del agua en la peroración,—reanudó así el hilo de la suya.

—Todo fenómeno obedece a una causa; y sin embargo han transcurrido dos siglos y medio desde que el inventor del termómetro y del compás de proporción, el sabio de Pisa que por el isócrono movimiento del péndulo enseñó a medir las pulsaciones de la arteria y a contar los segundos, Galileo en fin, nos dijo que la Tierra se movía, hasta hoy que nos ha sido revelada la razón de un hecho tan sencillo. Pero ¿basta esto? De ningún modo. Si todo fenómeno obedece a una causa, preciso es también que tenga un fin, que produzca un resultado, que llene un objeto. «La Tierra se mueve» grita un hombre; y en seguida la ciencia pregunta: «¿Por qué se mueve?» «Por el desprendimiento de calórico» responde la observación; pero acto continuo la filosofía da el alto, cruza el arma y exclama a su vez: «¿Y para qué se mueve?» Vamos a contestar a la filosofía. La Tierra se mueve para hacer tiempo. Nuestro planeta que, como hemos visto, no era más que una masa incandescente, llegó a solidificar su corteza, vio surgir de su superficie montañas colosales, llenó de mares sus senos, vistió su aridez con una flora sorprendente y poblóse de una fauna riquísima. ¿Cómo se operó este milagro? Muy sencillamente; por la acción del tiempo: por una sucesión de días o de épocas cuyo trabajo presidía la sabiduría y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite que la revolución continúe para perfectibilidad del hombre y admiración de su omnipotencia. Las transformaciones del globo son pues la obra del tiempo. Pero ¿quién es este artífice? ¿Dónde están sus materiales? ¿Cuál es su laboratorio? El artífice es la irradiación; sus materiales están en la zona gaseosa; su laboratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA ATMÓSFERA. Todas las maravillas que la naturaleza, la ciencia, el arte y la industria presentan hoy a nuestra admiración y que creyéndolas la expresión genuina del progreso nos llenan de orgullo, proceden íntegras de esa región en que el hombre no ha sabido encontrar hasta ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos y media docena más de accidentes meteorológicos. Refrenad vuestra impaciencia: voy a probar lo expuesto con una demostración práctica. A mí me gusta que la convicción llegue al ánimo por el sentido de la vista.

Una oleada que amenazaba ser una explosión se produjo en el auditorio. El presidente agitó su campanilla, y el disertante, que se había vuelto de espaldas un momento, volvió a reaparecer de frente teniendo en la mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía una de esas enormes gasas con que el hombre va diciendo que está de luto a los que no se lo preguntan, por lo poco que les importa.