—Hace como diez lunas que llegó de Occidente un hombre fugitivo. Oculto en Ho-nan encontró medio de ponerse en contacto con la emperatriz Sun-ché, la esposa mártir del opresor. Lo que le dijo lo ignoro; pero la augusta señora, que me honraba con sus confidencias, me dio a comprender que aquel hombre era el que en sus apotegmas dice Confucio que traería de Occidente la revelación de su doctrina y que, en efecto, le había ofrecido la inmortalidad.
—¡La inmortalidad! —repitieron todos escuchando con interés creciente un relato que justificaba la monomanía de Benjamín.
—Sí —prosiguió King-seng—; para ella y para los suyos. La emperatriz me encargó de crear prosélitos y ordenó al misterioso personaje que hiciese venir de sus apartadas regiones algunas familias que alimentaran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda los primeros en acudir al llamamiento y yo os brindo con mi protección.
La oferta tenía demasiada importancia para que nadie se atreviera a destruir la suposición del maestro de ceremonias; así es que viendo en ello su salvación, se convinieron en seguirle la corriente, y sobre todo el políglota que tocaba la meta de sus aspiraciones.
—¿Y ese occidental dónde encontrarle? —preguntó Benjamín.
—La desgracia os persigue —adujo King-seng—. Ha muerto.
—¡Muerto! —exclamaron todos fingiendo una profunda aflicción.
—Pero vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días el emperador, que ya miraba a su esposa con malos ojos por creerla sectaria de los Tao-sse, sorprendió al extranjero en conferencia con la emperatriz; y al oír que la brindaba con la inmortalidad, acabó por convencerse de que ambos pertenecían a la secta de los embaucadores. Tsao-pi, su primer ministro y jefe del partido de los letrados, pidió venganza; y, mientras el occidental era aserrado en la plaza de las ejecuciones, anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuanto en palacio ocurre, que Sun-ché había sucumbido repentinamente; pero la infeliz había sido enterrada viva en las mazmorras del yamen por orden de su despiadado esposo.
—¡Qué inhumanidad! —arguyeron los oyentes a excepción de Benjamín que parecía absorto en profundas reflexiones.
—La indignación ha dado un grito en el pecho de todos los parciales de la emperatriz, que aún es posible que exista, porque ese género de muerte es lento. Pero animada o cadáver la sacaremos de su tumba, para lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle la rebelión mientras se celebre el banquete nupcial. Vosotros desechad todo temor; yo me encargo de protegeros con mis tropas; pero disponeos al ceremonial secundando así mis planes, pues la menor sospecha puede perdernos. Confiad en la gente que he traído para vuestro servicio. Me obedecen con absoluta abnegación. Andad, que la hora avanza.